Tres cosas que no nos robaron


Impresiones tras la marcha que tanto temía el gobierno


Durante los últimos tiempos ―pero más constantemente el medio año pasado― he pensado bastante en esa inocultable pasividad limeña respecto a la cosa política. Y por más desconcertante que me resulte; pese a tantísimas conversaciones en las que inquiero a todo cristo para que me dé su opinión, no llego a ninguna certeza: sencillamente no comprendo esa ataraxia instalada como normalidad frente a las barbaridades que perpetran a diario los tres poderes del Estado. Porque nuestros representantes casi siempre han dejado mucho que desear, pero lo actual es inédito en infamia. Y mientras tanto la mayoría de nosotros, nada, solo miramos alelados el incendio. Como si a más vil fuera la situación, mayor también la inercia ciudadana.

¿Por qué, por ejemplo, se dio la tremenda reacción popular ante el intento de Manuel Merino de hacerse del poder en noviembre de 2020 ―un suceso inquietante, por supuesto, pero menor comparado con lo que pasa actualmente―, y hasta ahora no se veía entre los capitalinos una verdadera demostración de rechazo?

Siempre pensé que en lo de Merino influyó el tiempo transcurrido de encierro y amenaza por la peste: como si el hartazgo y la pulsión de vida hubieran empujado a la gente a tomar las calles. ¿Y luego? Entiendo que muchos deben preocuparse de salvaguardar su economía y su trabajo, acechados tanto por las torpezas administrativas como por factores coyunturales. Que en muchas familias se vive aún ―o recién, dependiendo de cada caso― el duelo del covid. Que no serán pocos los que tengan miedo tras los 49 asesinatos cometidos por las fuerzas de seguridad entre diciembre y enero últimos. O que el descreimiento y la desesperanza nos han tomado como sociedad. La cosa es que cada día somos testigos de las peores tropelías, las repudiamos, sí (las encuestas lo confirman), pero no pasamos de putear entre nosotros o en las redes sociales. Como si bastara.

Hasta que llegó el miércoles 19 de julio, cuando, pese a la campaña de miedo perpetrada en pared por el mismo gobierno de Dina Boluarte y todos sus sirvientes, cómplices y tontos útiles; la prensa más vergonzosa; y ciertos curacas enanos y fascistoides como los del Cercado o Miraflores, un grupo significativo de limeños se dirigieron al Centro y ‘tomaron’ su ciudad. 

La del #19J fue una marcha masiva ―el Ministerio del Interior, que suele desmerecer o falsear las cifras de este tipo, tuvo que reconocer que hubo como mínimo 21 mil participantes —la verdad es que fueron muchos más― convirtiéndose así en la reunión más grande de los últimos años. Eso en Lima. En el resto del país, en cada región, la gente salió también a las calles a reclamar por distintas demandas, siendo, sin embargo, las más constantes tres: que se vayan todos, nuevas elecciones, y justicia y reparación por los 49 crímenes de inicios del verano.

De lo que vi en persona el miércoles por la tarde puedo decir que una de las cosas que más me llamaron la atención, objetivamente, fue la evidente desorganización: nunca estuvo tan claro el punto de partida ―¿la plaza Dos de Mayo o la San Martín?―, lo que desde el principio impidió que la marcha se viera compacta (se ha hablado mucho de la intención de evitar a como dé lugar ‘la foto’ del mar humano, como sí sucedió, por ejemplo, durante el último Día del Orgullo). La desinformación deliberada y las medidas de cierre anunciadas por López Aliaga contribuyeron, como también la falta de liderazgos aceptables por la mayoría, o la voz de un gran colectivo que señalase las pautas generales. Sin embargo, esta fragmentación también tuvo un punto a favor: así la marcha dio la impresión de estar en más lugares, incluso de ser más grande.

Esto fue aprovechado por las fuerzas policiales (miles de agentes desplegados a lo largo de los recorridos), que cada tanto cortaban el tránsito y dejaban pasar autos y buses cuando podían y les convenía. El momento más peliagudo, sin embargo, y como ya ha sido informado, fue cuando después de mucho pugnar se logró avanzar por la avenida Abancay en dirección al Congreso (lo común, ante esta imposibilidad, es voltear a la izquierda por Colmena para enfilar a la plaza San Martín). En determinado momento la Policía partió en dos a los manifestantes, dejando un grupo aislado en dirección al Rímac, y repeliendo y empujando al grueso de la multitud de regreso, soltando, como suele hacer, lacrimógenas y palos. Haciendo honor a la verdad, la represión no fue ni mucho menos tan violenta como en enero, pero bastó para que la confusión se impusiera. Al respecto, se ha hecho tristemente famoso un tuit de Renzo Reggiardo, teniente alcalde de Lima, felicitando a la PNP por su estrategia de “divide y vencerás”, como si los manifestantes fuesen un enemigo al cual combatir.

Con la reincorporación de los estudiantes universitarios y los gremios de trabajadores es de suponer que las próximas marchas ―que las habrá― cuenten con una mejor organización.

Fuera de eso, y de que a la masa, por momentos, parecía faltarle fuelle, lo que se expresaba en consignas y cánticos de poca pegada o la disgregación final cuando, por ejemplo, no se terminó marchando hacia el Palacio de Justicia, lo demás resultó muy esperanzador.

La marcha estuvo compuesta por miembros de toda la sociedad, de todos los orígenes y colores. Muchísimos jóvenes, claro, pero también señoras tomadas del brazo cantando en quechua, viejos obreros cargando banderas, miembros de todos los colectivos imaginables, grandes y pequeños, desde católicos hasta israelitas; partidos políticos tradicionales y movimientos emergentes; representantes de todas las universidades y gremios de trabajadores; grupos que se presentaban como comandos antifascistas, mujeres trans exigiendo las leyes que las reconozcan, mariateguistas, reclamadores de la liberación de Castillo, caras conocidas por los medios, sikuris y batucadas; performers que iban de superhéroes, de barbies, o que montaban microobras de teatro costumbrista. Muñecones de feria representando a la cúpula de la antipolítica, soundsystems portátiles con consignas cansonas y repetitivas, los carteles más creativos que se puedan concebir, bocinas y vuvuzelas, caras pintadas, cascos y máscaras antigás. Y muchísimo entusiasmo, solidaridad, alegría.

Eso. El entusiasmo, la solidaridad y la alegría aún no nos las puedan robar. Y seguirá sintiéndose en las calles, espero, supongo, hasta que caiga esta estructura delincuencial que nos gobierna.


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