La Bohème y la crisis del Reino Unido


Una ópera del siglo XIX nos recuerda a un eterno villano


Anoche tuve la suerte de ver y escuchar a Juan Diego Flores en La Bohème, la ópera de Puccini. Adaptada de una novela francesa de la década de 1840, dramatiza la vida de cuatro amigos artistas que viven en una buhardilla en París. Uno de ellos, el poeta, se enamora de una joven costurera que muere de tuberculosis. La música es triste a la vez que hermosa, y su puesta en escena fue soberbia. Nuestro tenor nacional, además, se lució.

Tras asistir a la obra, encontré que el villano principal es la pobreza. Por ejemplo, Mimi muere porque no tiene cómo abrigarse y calentarse. Es, quizás, un cuento instructivo, que nos busca decir que el arte no paga: el único personaje que no pasa penurias es la mujer que seduce a hombre ricos y que se convierte en la benefactora de los bohemios.

La novela fue escrita durante el auge más agresivo del capitalismo, antes de la revolución de 1848 —cuando nacieron el socialismo y el comunismo como respuesta a los abusos contra los trabajadores— y fue adaptada a la ópera a finales del siglo XIX, cuando el capitalismo seguía triunfante. Lo inquietante de haber asistido al boato de esta representación del pasado en el Royal Opera House de Londres, es constatar, al salir a la realidad de hoy, que ante el invierno que se avecina, ya se habla de los muchos que en el Reino Unido no tendrán cómo calentar sus hogares ante el alza de precios generado por la crisis energética causada por la guerra en Ucrania.

A pesar de que Puccini no incluye en su ópera una sola línea sobre las políticas que llevan a que alguien como Mimi muera de pobreza, no me dejó de retumbar en la cabeza que el gobierno del país donde vivo esté en plena implosión por las decisiones políticas que lo han llevado hasta aquí. En poco más de seis semanas, la primera ministra Liz Truss ha destruido la solvencia económica del país, algo particularmente impresionante porque, por lo menos, dos de esas semanas estuvieron absolutamente tomadas por los funerales de la Reina.

En gran parte, lo sucedido es la consecuencia del tipo de pensamiento que hizo que el Brexit se hiciera realidad. En aquel momento, muchos analistas señalaron que no era posible separarse de la economía mundial y que, más que depender de Bruselas, la economía británica dependía de los mercados. Pero la idea de que los británicos habían forjado un exitoso imperio y que lo habían logrado gracias a su empeño y habilidad, convenció a muchos de que era momento de ser optimistas y reducir los impuestos para que la economía creciera.

Ya sin los frenos de pertenecer a la Comunidad Europea, a su libre albedrío, los políticos británicos al frente del partido conservador decidieron que lo que se necesitaba era más capitalismo, siguiendo las ideas de Margaret Thatcher, su figura emblemática. Resucitando teorías que ya han sido desechadas —como la del ‘goteo’— y convencidos de que todo era cuestión de recortes, se estrellaron contra la realidad de los mercados que respondieron que no tenían confianza en que el plan funcionaría y que en medio de la inflación, la recesión y una década entera de imprimir billetes sin respaldo, no había forma de bajar impuestos sin dejar un forado inmenso en las finanzas públicas. La primera ministra, recordemos, había prometido que no habría recortes en los beneficios públicos y que no se pedirían más préstamos.

Así es la crisis en la que estamos inmersos en este momento en el Reino Unido. En un mes, las tasas de interés en los prestamos para hipotecas —que son la base de cómo se organiza la economía de la mayoría de hogares de este país— pasaron de un 2.5 % a un 7 u 8 %. Las sirenas de emergencia sonaron de inmediato, porque miles de personas que habían pedido préstamos en esos días vieron cómo estos fueron cancelados. Truss se vio obligada a descartar su idea de no subir el impuesto a las corporaciones del 19 % al 26 %. Inicialmente pensó que esto sería suficiente para acallar a los mercados, pero cuando se dio cuenta de que este no era el caso, despidió al ministro de Economía. Pocos creen que esto sea suficiente para salvarla y la crisis política se hace aún más profunda, mientras la crisis económica recrudece y la inflación supera el 10 %.

Quienes imaginan que el Reino Unido es todavía ese imperio del pasado, uno en el cual la pompa y la circunstancia son la base de la identidad, donde las carrozas y los uniformados de rojo y dorado salen hacia ceremonias imponentes, se están dejando llevar por algo que no es más que una impresión. Anoche, en la ópera, una de las escenas mas impactantes fue la que recreó las calles de París en la Nochebuena. Unos 250 cantantes en escena, todos vestidos a la usanza de 1840 sobre escenarios giratorios, recorrían tres galerías comerciales que mostraban la cara celebratoria del capitalismo y del consumo, mientras que en una buhardilla, una costurera pobre no tenían cómo calentarse, enfermando de tuberculosis. Desigualdad y fantasía de las manos: una combinación que es muy reveladora aquí en estos tiempos.


Pensar, escribir, editar, diseñar, coordinar, publicar y promover este y todos nuestros artículos (y sus pódcast) cuesta y nosotros los entregamos sin cobrar. Haz click en el botón de abajo para contribuir y, de paso, espía como suscriptor nuestras reuniones editoriales.


1 comentario

  1. Martin Carranza

    Excelente reflexión sobre la coyuntura actual en Reino Unido. Estuve en agosto y pude constatar lo que se describe . Lleve a mi hijo a ver Lion King rn Covebt Garden y al finalizar la funcion los actores pidieron una contribución para la infancia. Me sorprendió un poco la verdad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

2 × cuatro =

Volver arriba