¿Cambiar los actores o cambiar el libreto?


Cuando un sistema toca fondo es hora de volver a ponerse de acuerdo


Hoy salimos a votar sin ilusión, cansados, asustados, con miedo. Los resultados son difíciles de imaginar y el futuro más aún. Pero, como nos recordó Dante Trujillo este viernes, salimos porque estamos en democracia y eso, al menos, debe celebrarse. No nos gustan las opciones y queda claro que hasta el último momento casi nadie entusiasma a los electores. 

            ¿Qué nos dice todo esto? Que, a pesar de todo, con todas las dificultades y con la pandemia a cuestas, casi un 70 % de los peruanos piensa que una opción es menos mala que las demás. Nos enfocamos mucho en el 28% de indecisos, pero nos cuesta pensar que la mayoría de nuestros compatriotas ya ha optado por alguien. Es verdad que nos contrariamos porque nadie tiene una mayoría y porque será muy difícil la gobernabilidad, pero eso es más culpa de nuestro sistema político que de nuestros candidatos.

            Coincido con Alberto Vergara cuando dice que nuestros electores no son ni amnésicos, ni irracionales. Estoy entre quienes piensan que los votantes toman sus decisiones con base en sus realidades, anhelos y fobias, y que mal hacemos en culparlos por no elegir a quienes podrían considerarse mejores. Tenemos populistas de derecha y de izquierda que han prometido toda clase de fantasías, tenemos reciclados que han estado en el poder de una u otra manera por muchos años, y tenemos entusiastas que imaginan que las cosas podrían ser mejores con mejor o peor sustento. Pero, más que nada, tenemos un sistema de representación donde un ganador se debe llevar todo. Sufrimos dos vueltas electorales que en los últimos veinte años nos han mostrado que siempre terminamos inclinándonos por lo que consideramos menos malo, rogando para que a la segunda vuelta lleguen opciones que no nos horroricen demasiado: desde el 2006 venimos hablando de elegir entre “el cáncer y el sida”. 

            ¿Tiene necesariamente que ser así? En realidad, no. Pero en nuestro sistema político no tenemos otra opción. Solamente un representante de un partido puede ser elegido presidente y sin mayoría parlamentaria le va a ser muy difícil gobernar. Por lo tanto, nuestro sistema político no privilegia la búsqueda de consensos y las opciones a las que nos enfrentamos son siempre binarias. 

            En otros sistemas políticos, usualmente parlamentarios, los gobiernos se forman con base en coaliciones y solo es posible llegar al Ejecutivo por medio de la negociación. ¿Sería posible algo así en el Perú? Es difícil de imaginar, pero quizás con un sistema parecido de consenso no tendríamos que estar pensando cada cinco años que todas las opciones son malas. Para realizar un cambio de esta envergadura sería necesario comenzar de nuevo a organizar nuestras instituciones –discutir el libreto y no sobre los actores–, y la gran pregunta es si podríamos hacerlo de manera democrática.

            Nuestro actual sistema es “democrático” porque la mayoría elige a sus representantes pero, como hemos visto en los últimos 30 años, los electores votan por quienes les prometen un cambio positivo en sus vidas… solo para constatar al final que sus promesas eran vacías y que se enriquecieron a costa de sus sueños. ¿Qué tan democrático resulta eso? En 1990 Fujimori prometió “Honradez, Tecnología, y Trabajo” y, a los cinco minutos de ser elegido, tras machacar que no implementaría el shock, fue en busca de Hernando de Soto para aplicar el modelo de Vargas Llosa y la honradez fue lo primero en ser desechada.

            En 2001 Toledo nos quiso hacer creer que era “sano y sagrado”, y luego se embolsicó millones. Cinco años más tarde el ahora difunto García fue elegido por prometer un cambio, pero terminó siendo el impulsor de la noción del “perro del hortelano” y la “raza cobriza” mientras su partido robaba a mansalva. Ollanta, al menos, fue honesto al cambiar el polo rojo por el polo blanco entre la primera y segunda vuelta, pero ahí se le terminó la transparencia, pues todo hace pensar que se enriqueció como sus predecesores.

            El quinquenio que termina supera todo lo anterior y nos deja una política atomizada, pulverizada, donde es imposible divisar quién podrá organizar un gobierno mediamente estable. Lo que sí sorprende entre los escombros es la capacidad que tenemos los peruanos de ejercer nuestro poder de veto: lo hicimos en noviembre, cuando nos opusimos a que un pequeño grupo se hiciera del poder al vacar a Vizcarra, y lo hicimos también contra el regreso de los Fujimori, contra la repartija y contra las amenazas a nuestros fiscales.

            Los problemas comienzan a la hora de unirnos por algo en positivo: no logramos consensos. Estamos de acuerdo que queremos una sociedad menos corrupta y con más bienestar, pero no coincidimos en cuál es la mejor manera de lograrlo. Hoy, casi el 70% de peruanos pensará que no se ha elegido bien para la segunda vuelta y en junio tendremos que hacer de tripas corazón y optar por el ya tradicional menos malo. Pero, por encima de toda esta desazón, mañana mismo tendremos que seguir organizándonos para continuar protegiendo nuestra democracia y combatir la corrupción. 

            Lo más difícil no son las elecciones: el verdadero reto empieza ahora.

1 comentario

  1. Wagner Rieti Arias Llallico

    Coincido contigo estimada Natalia, tenemos tantas elecciones y está es atipica debido por la pandemia. Siempre soñar es bueno, pero que tanto son las esperanza de un ruta para nuestro bienestar, tentemos tantas realidades en nustro pais, o muchos Perús dentro de uno y creo que está elección demostro esto, queremos algo pero todos nos dividimos, saludos

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

dos + diecinueve =

Volver arriba