Sorpresas te da la vida, ¡ay, dioS!


Sobre el peculiar gusto latinoamericano por bailar nuestras desgracias 


En 1956 don Andrés tuvo un hijo que recibió una crianza severa, en la que se replicaron todas las taras de la masculinidad tóxica: padre autoritario, educación machista, poca libertad, nulo espacio para la ternura. El hijo decide escapar de ese mundo y se va del país para poder vivir con honestidad: es una mujer trans, que encuentra en el extranjero la libertad que nunca podría tener en su tierra de origen. El padre se entera de esto y corta cualquier vínculo con ella, como si nunca la hubiese conocido. La vida continúa y, lamentablemente, en la década de los 80, ella se convierte en una de las víctimas de la epidemia del VIH Sida. Muere sola, lejos de su patria, sin reconciliarse con su padre.

¿Te suena conocida esta triste historia? Si no la has identificado ya, te sorprenderá saber que es casi seguro que la hayas bailado en alguna fiesta: es el relato que cuenta El gran varón, la salsa interpretada por Willie Colón. Esa en la que el coro dice: “No se puede corregir a la naturaleza / Palo que nace doblado, jamás su tronco endereza”. 

La salsa, el merengue, el son y los géneros afines tienen muchos ejemplos de canciones que narran desgracias, acompañadas de ritmos alegres para que las personas la pasen bien en la pista de baile. Dicho de esta manera, suena un poco contradictorio, ¿verdad? Y, aun así, todos hemos sacado nuestros mejores pasos al escucharlas en una fiesta de matrimonio, en nuestro cumpleaños o en una reunión de amigos. 

Un policía debe investigar el asesinato de un ciudadano afrodescendiente muy querido por su comunidad. El asesino es capturado y le confiesa al policía, con total sangre fría, que se trató de un crimen de odio racista, señalando que el motivo para hacerlo fue su disgusto por los labios pronunciados de la víctima. Esta característica fenotípica es compartida también por el policía, quien reacciona al móvil del delito con incredulidad y rechazo. 

Esta historia, que de encontrarse en las páginas policiales de un diario causaría justa indignación en la sociedad, es parte de la celebrada salsa Mataron al negro bembón de Ismael Rivera, popularizada por la Reina de la Salsa, Celia Cruz: “Mataron al negro bembón / Hoy se llora noche y día porque al negrito bembón / Todo el mundo lo quería”.

Pienso en la música bailable de otras partes del mundo y, usualmente, las canciones más populares tienen un tono positivo, ya sea de celebración, de esperanza, de resistencia, o de superación de la adversidad. En la música disco, Gloria Gaynor nos dice que sobrevivirá a una tormentosa relación amorosa; en el rock clásico The Beatles cuentan cómo las cosas pueden mejorar en la noche de un día duro; en el pop, Cyndi Lauper proclama que las chicas solo quieren divertirse; en el rock pospunk, The Cure celebra dos de las cosas más maravillosas que pueden pasar: que sea viernes y que estés enamorado. Como toda generalización, seguro que es tramposa y admite muchos ejemplos en contra, pero se entiende la idea.

Ahora, volvamos a la música que bailamos por estas latitudes. Una mujer muere ahogada en el mar y su enamorado no puede recuperarla —Catalina y el mar, de Joe Arroyo y Fruko y sus Tesos—, una prostituta y un sicario mueren en un violento altercado callejero —Pedro Navaja, de Rubén Blades—, un enfermo sufre la indiferencia y la pobreza de los servicios públicos de salud —El Niágara en bicicleta, de Juan Luis Guerra—, un sordo muere atropellado por un tren porque no puede escuchar las advertencias que le hacen —Quítate de la vía, Perico, de Ismael Rivera—, una mujer se entera de que su pareja le saca la vuelta con su mejor amiga —Con mi amiga, de Daniela Darcourt—, una mujer lo está perdiendo todo en un incendio —El cuarto de Tula, de Buena Vista Social Club—. Los ejemplos de este tipo de canciones parecen tan interminables como las desgracias que hipotéticamente puede sufrir una persona a lo largo de su vida.

Los temas presentes en estas canciones forman parte de la vida cotidiana de los distintos pueblos latinoamericanos —el machismo, la violencia, la muerte sin sentido, el desamor—, y si bien muchos de ellos no son problemas exclusivos de esta parte del mundo, tal vez sí sea única la manera de enfrentarlos. “Todo aquel que piense que esto nunca va a cambiar / Tiene que saber que no es así / Que al mal tiempo, buena cara, y todo cambia” nos dice Celia Cruz en La Vida es un Carnaval, donde luego agrega que es más bello vivir cantando.

Así, la razón de ser de estas canciones es permitir que las personas encuentren una manera distinta para enfrentarse al infortunio y que este no sea insoportable. Plantean, entonces, una metodología distinta a la de otros géneros musicales presentes en estas tierras. Las canciones de protesta llaman a la acción, los yaravíes alimentan las melancolías, la nueva ola —aún presente en nuestras radios— te invita a la disociación. Frente a ello, la salsa y géneros afines les plantan cara a los problemas, reconocen que existen y que no desaparecerán por sí mismos, que para poder resolverlos es necesario identificarlos, nombrarlos, y no dejar que las ansiedades y las tristezas que generan nos consuman. 

Esta música parece plantearnos que la mejor forma de vencer a los problemas es bailándolos, para así despojarlos de su amargo poder destructor. El baile alegre, como escudo y espada. Evidentemente, es más fácil decirlo —y bailarlo— a que efectivamente se logre el resultado esperado; y biografías tristes como la del mítico salsero Héctor Lavoe nos recuerdan los límites evidentes de esta filosofía, pero no deja de ser bonito intentarlo, imaginando que estamos ante un método infalible para enfrentar la adversidad y salir adelante victoriosos. 

Así que luego de estas reflexiones, hoy he decidido creerle a Gilberto Santa Rosa y a Víctor Manuelle cuando, con mucho ritmo, me aconsejan: “Búscale la salida a ese rompecabezas / Y en esta vida, cada problema / bailando salsa se arregla”. Para los que quieran seguirme, les dejo aquí el enlace a un playlist de Spotify que preparé para unos amigos gringos con quienes conversé de este tema. Se titula: Latinos dancing to other people misfortunes, que en español se podría traducir como Latinos bailando desgracias ajenas. ¡Nos vemos en la pista de baile!


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3 comentarios

  1. Jorge Ortega

    El baile cura, purifica, divierte y cuando el ritmo se acompaña de una letra reflexiva la aceptamos, conciente o inconcientemente, rompiendo las barreras de las ideologías, racismo, discriminación y nos traslada por un instante al mundo de la imaginación donde la vida puede ser un carnaval o una nube gris.
    Excelente selección de canciones y buena reflexión.

  2. ROGER LUIS HARO BUSTAMANTE

    Alberto:
    Te felicito por tu acertado artículo. Sí, estoy de acuerdo en que las desgracias pueden ser «procesadas» mediante el canto y el baile.
    Sugiero un par de canciones (por si no estuvieran en el play lista, no tengo acceso a Spotify):
    «Por eso yo canto salsa», de la Fania All Stars; su verso inicial: «Yo canto salsa porque en la salsa / Yo encuentro siempre lo que hace falta / Para cantarle a mi sufrimiento / Lo que no cabe sufrir por dentro / Y con la excusa de su sabor /Le pongo música a mi dolor»
    «Guaguancó pal que sabe», de Jhonny Pacheco & Orquesta: «Por eso yo vivo feliz cuando yo canto mi bonito guaguancó / No crea que porque canto es porque me he vuelto loco / Yo canto porque el que canta dice mucho y sufre poco»

    Slds.

  3. Carmen Derpich Gallo

    ¿ Y qué decir de nuestros valses criollos? Casi todos cantan al desamor, a la traición, preferentemente de la mujer, al tormento, la falsedad y la hipocresía.
    Aún así nos gustan, nos animan, los aprendemos, cantamos y bailamos, aunque perfectamente podrían conducirnos más bien, a la tristeza y desencanto.
    ¿ Somos una cultura que apuesta por lo triste, lo que duele y agobia; son tan frecuentes la desgracia y desilusión y tan infrecuentes el amor, la dicha y realización?

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