No saber también es una ciencia


Las elecciones y la pandemia nos enfrentan a las complejidades de la ignorancia 


Las elecciones en Perú me han colocado en una situación que realmente me molesta: la completa ignorancia. Hoy, a mediodía del domingo, me reconozco como una ignorante de lo que va a pasar en la noche. No hay análisis de redes sociales, ni columna de periódico, ni encuesta formal o ilegal que me diga quiénes van a ser los no perdedores de la primera vuelta. Sé que ninguna fuente que encuentre va a predecir el futuro, pero no puedo dejar de consumir más y más información.  Necesito saber. Necesito prepararme mentalmente para lo que viene. 

            El escenario en el que nos encontramos nos demuestra que nuestro conocimiento colectivo sobre los procesos electorales y la realidad del país no ha sido suficiente para entender la realidad. Nuestra ansia de conocimiento se topa con una barrera: la cabina electoral. Vemos a otras personas votar, pero no vemos sus votos. Y así los veamos, por el momento no sabemos lo que otros están pensando, ni con qué convicción están votando. 

            La ignorancia que siento ahora se suma a las otras que coexisten en mí, especialmente a la ignorancia que ha producido la pandemia. Desconocer todos los detalles sobre el coronavirus nos ha llevado a un constante estado de incertidumbre, al cual se suma ahora el futuro de nuestro país. 

            Para entender las características de la ignorancia, viremos a la ciencia que la estudia: la agnotología. Los precursores de esta disciplina, Robert Proctor y Londa Schiebinger, acuñaron este termino para referirse a la ignorancia no como “la ausencia del conocimiento, sino como un resultado de las fricciones culturales y políticas”. A pesar de ser una “disciplina nueva”, la agnotología parece más necesaria que nunca en estos tiempos en que las redes sociales nos atrapan en burbujas de información, desinformación y medias interpretaciones.

            Al igual que el conocimiento, la ignorancia también es un sistema difícil de comprender. Tiene diferentes orígenes y produce diferentes efectos. Con frecuencia vemos a la ignorancia como un resultado de la falta de educación. Los divulgadores científicos somos especialmente culpables de replicar este concepto cuando decimos que “a la gente no le gusta la ciencia porque se la explicaron mal en el colegio”, cuando en realidad existen cientos de razones por las cuales la gente decide ignorar a la ciencia, como la falta de conexión con la misma o el propio elitismo académico. Pero la ignorancia no siempre es un vacío que se llena con nuevo conocimiento, hay ciertos conocimientos que no llegaremos a alcanzar: el que se perdió en el tiempo, el que escapa las fronteras de nuestros contextos sociales o geográficos, o el que simplemente ignoramos que ignoramos. 

            Para las mentes curiosas, pensar en la ignorancia puede ser sinónimo de tristeza. Al reloj le faltan horas para leer todos los libros, faltan oídos para escuchar todos los podcasts y nos falta educación para entender el conocimiento más especializado. El consuelo está en que para saber hay que desconocer. Una persona no puede saber todo de todo, tiene que escoger lo que no quiere saber para dar paso a lo que sí quiere saber. 

            Ignorar ciertos temas me permite ganar conocimiento de otros. Pero ignorar ciertos temas también es producto del negocio de otros.  Saber es poder, dicen, pero saber producir la ignorancia también es poder. 

            Recordemos el mundo precoronavirus: nadie se hubiera beneficiado esparciendo mentiras sobre un organismo que solo era de conocimiento de quienes lo estudiaban. Pero en el mundo actualísimo, el conocimiento sobre el virus nos coloca en una situación de poder y, consecuentemente, generar un ambiente de desinformación también trae algunos beneficios. Como sabemos, la mayor parte de la desinformación nace y se difumina en redes sociales, especialmente porque los mecanismos de verificación son posteriores a la publicación de información. 

            Los menús electorales que hemos visto circular en los días previos a la elección funcionan de una manera similar. La publicación de resultados intermedios, la falta de estandarización de las encuestas y el control de la difusión de la información generan un ambiente en el cual es difícil conocer cuál es y cuál no es la realidad. Se entiende que el objetivo de la ley es evitar que el voto se vea influenciado por las cifras, sin embargo, nuestra realidad de votar por el mal menor distorsiona el objetivo porque necesita conocer si el voto entra en la categoría de estratégico o de por convicción.  Porque en Perú nadie gana, solo hay alguien que no pierde. 

            Otro ejemplo del poder del conocimiento en el ámbito electoral viene de quienes “ya sabían” lo que iba a ocurrir. Tras las elecciones anteriores aparecieron muchos que “ya sabían que el FREPAP” tendría una generosa representación en el Congreso, a pesar de no verse reflejado en las encuestas. Muchos sí lo sabían, pero otros solo dicen que lo sabían. A unos días de las recientes elecciones, volvimos a estar en una situación similar con el ascenso de Pedro Castillo. Los que ya sabían –o dicen que ya sabían– nos repiten que “el Perú no es Twitter, el Perú no es Lima”. Y tienen razón, porque desde Lima o desde afuera desconocemos todo el Perú. Esto no es casualidad, es la producción y la reproducción de nuestra propia ignorancia. 

            Este encuentro cara a cara con la ignorancia nos ha llevado a preguntarnos: ¿por qué estamos cómo estamos? Y también sus variantes: ¿por qué no hay oxígeno? ¿Por qué no hay camas UCI? ¿Por qué tuvimos que salir a marchar en noviembre? Estas preguntas que nos hacemos con enfado también vienen con miedo. Como dice Robert Proctor, la ignorancia es un tipo de miedo o el miedo un tipo de ignorancia. Cuando se pregunta es porque se quiere saber, aunque se tenga miedo de las respuestas. 

            Tiene razón: dentro de unas horas cruzaré el umbral de la ignorancia y conoceré los resultados de las elecciones. La ignorancia desaparecerá, pero se quedará el miedo.

3 comentarios

  1. Ana Ibarra Pozada

    En Lima nos miramos el ombligo, nuestro país es tan complejo, multicultural, estas elecciones no demostraron una vez más que perseveramos en el error.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

diecinueve − tres =

Volver arriba