Maternidad, una bendición y un pendiente


Ese momento clave para la equidad de género


En el mundo de la educación hemos visto en décadas recientes grandes avances en equidad de género. Mi madre cuenta que cuando fue a la universidad tenía muy pocas compañeras de clases, la inmensa mayoría eran hombres. En contraste, la mayoría de estudiantes en las clases que he dictado recientemente han sido mujeres. Hoy existen más mujeres que hombres en los campus universitarios, pero los hombres aún generamos el doble de masa salarial que la que generan las mujeres en el país.

Hay varias razones detrás de esto: las carreras profesionales que se eligen, el dominio de habilidades matemáticas que acompañan a las decisiones de carreras, el tiempo que se pueden dedicar las personas al trabajo remunerado (que contrasta con el tiempo que deben dedicarse al trabajo doméstico no remunerado), las expectativas sociales sobre el progreso laboral de las personas, las habilidades de negociación y persuasión, y varias otras. 

Pero hay una razón que me ha llamado mucho la atención desde hace un buen tiempo: la maternidad. Con la llegada del primer hijo las mujeres cambian varias de sus características laborales, más allá de lo que prescriben las licencias de maternidad. Ellas dejan sus empleos o reducen su número de horas de trabajo, ajustan sus aspiraciones de ascenso (y de salario), se cambian a empleos más flexibles (en el autoempleo o en empresas más pequeñas, que tienden a ser más informales). En otras palabras, precarizan sus condiciones laborales. ¿Y qué ocurre con el empleo de los padres recientes? Nada. 

La semana pasada la Corporación Andina de Fomento (CAF) presentó un estudio hecho por investigadoras de su institución en colaboración con dos universidades argentinas. Allí documentaron varios de estos efectos para Chile, México, Perú y Uruguay. Lamentablemente, se corroboran esas decisiones de las mujeres trabajadoras en detrimento de sus condiciones laborales, pero hay algo más: en los países con normas de género más conservadoras y con políticas menos generosas para la conciliación del trabajo y la familia, los impactos negativos de la maternidad en el trabajo son mayores.

Si hay una tarea central para la preservación de nuestra especie es la fecundidad. Algo estamos haciendo mal cuando asignamos el 100% del costo de esta función social tan importante a una mitad de la población. Es cierto, al menos por ahora, que es difícil contradecir la ingeniería biológica con la que estamos hechos: quienes traen bebés al mundo y les dan el cuidado inicial son las mujeres. Pero también es cierto que hay elementos de nuestra ingeniería social que pueden ir cambiando.

De hecho, han venido cambiando. Cada vez son más los papás que cambian los pañales de sus retoños, los bañan, calman sus cólicos, les cuentan cuentos y los hacen dormir. Pero aún hay mucho camino por delante, pues las diferencias de género en el desempeño de estas tareas todavía son enormes. Trabajar en la construcción de equidad en este ámbito requerirá ir contra la fuerza de la costumbre que ha sentado raíces en la economía y la eficiencia social.

¿A qué me refiero con esto de las costumbres, la eficiencia social y la economía? Estamos acostumbrados a pensar que las tareas de cuidado que enuncié en el párrafo previo son territorio femenino. Las mujeres reciben entrenamiento para esas tareas desde la niñez, en los juegos. Luego, cuando hay que enfrentar la vida con un bebé en casa, ellas son mejores en el desempeño de las tareas que ellos. Resulta eficiente para el hogar que ellas se hagan cargo. Al mismo tiempo, los mercados de trabajo ofrecen mejores oportunidades y mayores salarios a los hombres. Con esto resulta también eficiente para el hogar que el hombre salga a trabajar y generar los recursos para proveerle bienestar material al hogar.

En el corto plazo es eficiente para un hogar dejarse llevar por las fuerzas de las costumbres y preservar las especializaciones de género en las tareas. Pero esto es cierto solo en el corto plazo y para un hogar. Si en el largo plazo una masa importante de hogares lograra cambiar las costumbres sería posible alcanzar un equilibrio más equitativo y con mayores beneficios para todos. En este nuevo equilibrio ganaríamos todos porque sería posible usar mejor los talentos de todos. Ahí, la tarea.

¿Hasta dónde hay que presionar con esta tarea pendiente? ¿Hasta conseguir equidad absoluta y perfecta? Probablemente, no. Hay que reconocer que la biología juega un rol y que tal equidad absoluta y perfecta es tan utópica como ineficiente. Sin embargo, hay que reconocer también que lo que hoy tenemos es demasiado injusto e injustificable. Nuestra función social más importante merece un reparto más equitativo de sus costos.

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