La historia y los símbolos


La ideología está hasta en la billetera 


La historia ha estado de fiesta: como comenté aquí la semana pasada, se acaba de celebrar de manera virtual el Congreso Nacional de Historia “Bicentenario”, un encuentro en el que los historiadores, los estudiantes y un público entusiasta nos la pasamos zambullidos en las diferentes plataformas virtuales para reflexionar sobre lo que podemos aprender del pasado y cómo nos puede servir para repensar la república en un momento tan crítico. 

            En él tuve la oportunidad de considerar cuál es el sentido de la historia con algunos de mis colegas, con un par de periodistas que preguntaron sobre mi libro más reciente, y con un grupo diverso de personas interesadas en nuestros procesos sociales. Quizás por ello me puse a pensar en la “historia patria”, algo que viene particularmente a cuento en este mes de conmemoración del bicentenario de la proclamación de la Independencia en Lima.

            Lo primero que me resulta llamativo es mi reticencia a hablar del “Bicentenario de la Independencia”, en gran parte, porque considero que este fue un proceso mucho más largo y complejo que no comienza ni termina con la proclamación hecha por San Martín en la capital del virreinato, siguiendo todos los rituales coloniales para afianzar la legitimidad del poder. Para tener una discusión más inclusiva e incluyente sobre el proceso debemos ampliar el marco temporal y espacial. No se trató solo de 1821. Tampoco solo de Lima.

            Muchas de las preguntas que me hicieron esta semana se centraron en por qué la historia que aprendimos en el colegio –o incluso en la universidad– era tan vertical y tan diferente de lo que narro en mi libro sobre la Independencia. Esto me dio pie a hablar sobre la historia como una “tecnología” utilizada por el Estado para crear una narrativa oficial que, a fuerza de repetición, se convierte en una información compartida por muchos: los nombres de los incas, de los virreyes, de los presidentes, de los héroes. Por otro lado, las fechas de batallas y eventos se convierten en efemérides que, cuando se celebran año a año, van solidificando esta narrativa compartida.

            Pero esta no es la única manera de utilizar el pasado para crear esta identidad compartida con base en la historia. Se usa también en el espacio público, en las calles que llevan nombres de personas, lugares o momentos que los gobiernos locales o nacionales quieren recordar y los monumentos que de manera subliminal nos hablan con mármol y metal sobre el pasado, aunque la mayoría no tenga idea de quiénes son y por qué están ahí. Una función parecida la cumplen símbolos como la bandera, el himno y la escarapela, e incluso las monedas y billetes.

            En el Perú, los billetes alguna vez estuvieron ilustrados con próceres como Túpac Amaru, Ramón Castilla, Miguel Grau, Francisco Bolognesi, Nicolás de Piérola, Andrés Avelino Cáceres, pero cuando la moneda se devaluó fue necesario virar hacia los intelectuales. Es así como tenemos billetes con Raúl Porras, Abraham Valdelomar y Jorge Basadre. Pero varios intelectuales, entre ellos César Vallejo, Ricardo Palma y Víctor Raúl Haya de la Torre, también se devaluaron en el camino. En un pasado más lejano tuvimos billetes con incas y con Francisco Pizarro y ahora nos queda solo un héroe para el de denominación más baja –José Quiñones– y se ha recurrido a la única mujer, Santa Rosa, para el billete de la denominación más alta. Aunque para el Bicentenario también se han emitido billetes de 200 soles con la imagen de José de San Martín. 

            Todas estas son maneras de construir esta gran narración de la patria desde la escuela, desde la calle y desde la billetera misma. Con estos recursos, el Estado busca establecer una pertenencia común que en gran medida forma la base de nuestra identidad nacional. Esto sucede en todo el mundo: basta ver cómo los billetes cambian de personajes de país en país, muchos de los cuales son desconocidos para el visitante. Lo mismo ocurre con las calles, los monumentos, e incluso con la historia que se enseña en los colegios.

            Lo que no debemos perder de vista es que todas estas son estrategias que se imponen desde el poder y es por eso que los ciudadanos debemos tener un acercamiento crítico, tanto a la historia como a todas las tecnologías sobre las que se basa la identidad de la nación. Notemos cómo cambian en el tiempo y nunca dejemos de cuestionar los símbolos que solemos imaginar inamovibles.  

3 comentarios

  1. Maria Elena Cornejo

    Cómo los ciudadanos podemos enfrentar la arbitrariedad de los alcaldes? En Surco se cambió el nombre a la calle Huancas por Gonzalo Martin de Trujillo, un oscuro personaje que fue parte de los 13 de la Isla del Gallo.

  2. Cecilia Grados

    Gracias por tan buen articulo. Y así como nos imponen un nuevo billete por el bicentenario con Actores archiconocidos)-:, igual se imponen monumentos, nombres de calles y plazas. Por ejemplo, Henry Meiggs, un estafador que huyó de la justicia EEUU para hacer ferrocarriles en Chile y Perú e influenciar en sus sociedades y economías. Sería tan loable reivindicar a nuestr@s héroes desconocidos en verdaderos tomos, y empezar a reemplazar a esos falsos benefactores, de nuestras plazas, calles, coliseos, etc.

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