El año que ardió el planeta


Evidencias que no atendimos, incluso de nuestros antepasados


Desde los inicios de los tiempos el apocalipsis se insinúa a la vuelta de la esquina. Pero si bien ahora el temor no viene, como en mi infancia, de la posibilidad de que explote una bomba nuclear porque ya no existe la Unión Soviética y la Guerra Fría ha terminado, la amenaza de exterminio debido a un botón rojo se ha multiplicado con la proliferación de la capacidad nuclear, pues hoy son varias las naciones que la poseen y, en contextos volátiles como la guerra de Ucrania, no se puede descartar completamente que en un estado de desesperación alguien decida usarlas.

Pero no hay necesidad de estas armas letales para que los humanos veamos que la situación del planeta se complica cada vez más: basta con ver el termómetro.  Esto, debido a la cantidad de dióxido de carbono que desde la revolución industrial venimos emitiendo. Como quizás sepa el amable lector o lectora, yo contribuyo al problema tomando vuelos de manera frecuente y también conduzco un auto —aunque, cuando puedo, prefiero ir en tren o en bus—. Confieso esto culposamente porque en los últimos años, la responsabilidad de salvar al planeta se ha posado sobre nuestros hombros, a pesar de que las industrias más contaminantes no deciden sus políticas basándose en nuestras decisiones individuales, sino en las ganancias monetarias: el hecho de que algunos dejemos de comer carne no hará mágicamente que deje de criarse ganado de manera industrial con el daño que esto le significa al planeta.

Este año ya viene siendo el más caluroso de la historia, y todo parece indicar que este será camino que transitaremos con el calentamiento global. Este verano boreal, las temperaturas están alcanzando niveles mucho más elevados de lo normal. Por ejemplo, en Phoenix, Arizona, se espera que se alcancen los 47 grados centígrados este fin de semana. En el sur de Europa, los pronósticos para las próximas semanas anuncian temperaturas mayores a los 40 grados —en algunas partes de Italia llegarán a más de 48— en una ola de calor que los meteorólogos han llamado Cerberus, como el can de tres cabezas y ojos encendidos que cuida el infierno en la mitología griega. La India, China y Tailandia ya sufrieron estas temperaturas en abril, y se reporta que, por ejemplo, en Dhaka, Bangladesh, se derritió el asfalto. México no ha dejado de arder metafóricamente y Canadá sí lo ha hecho de manera real, con unos incendios forestales que llevaron la contaminación hasta los Estados Unidos, de tal manera que Nueva York parecía una ciudad apocalíptica. 

En el hemisferio sur, donde se supone que es invierno, las cosas tampoco pintan muy bien. Montevideo está a días de quedarse oficialmente sin suministro de agua potable. La sequía que tienen desde hace cuatro años, exacerbada por el fenómeno de La Niña, ha llevado a que Uruguay tenga que combinar la poca agua dulce que le queda con la del Río de la Plata. A pesar de que se sabía que este era un riesgo desde hacía décadas, los gobiernos sucesivos decidieron aplazar la construcción de reservorios y sistemas de uso de las cuencas, pensando que si llovía no habría problema. Pero las lluvias no llegaron y actualmente se están tomando medidas de emergencia para proveer a una ciudad donde el 60 % de la población del país vive con agua embotellada, como la construcción de un acueducto de emergencia.

En Cusco la situación no es mucho mejor: aquí la sequía tiene más que ver con el fenómeno de El Niño, que está gestándose con el calentamiento del agua del Pacífico. Y últimamente los ciudadanos de Lima han podido apreciar un invierno atípico, con un sol intermitente y temperaturas menos frías. Pero este es solo un preámbulo de lo que va a ocurrir en los meses de verano, cuando las lluvias lleguen al norte y la sequía lo haga en el sur. La ciudad del Cusco está ya a solo tres meses de quedarse sin acceso al agua potable y las autoridades regionales le están pidiendo al gobierno central que haga algo para ayudarlos a capear el temporal.

Y así nos encontramos todos, sin saber realmente qué podemos hacer para evitar la subida de las temperaturas, ya que, como mencioné, nuestras acciones individuales no son suficientes para tener un impacto sobre un fenómeno global. Al final, lo único que nos queda es tratar de prepararnos para sobrevivir en lo que va a ser un planeta cada vez más caliente. En el caso particular del Perú, estamos en una situación de mayor vulnerabilidad, ya que nuestro clima siempre ha estado gobernado por el fenómeno de El Niño: basta estudiar un poco para ver cómo trataron nuestros antepasados de adaptarse al desierto y a las lluvias súbitas, algunos con más capacidad que otros. El problema que tenemos hoy es el de habitar un país gobernado por quienes no logran ver más allá de la crisis política del momento. Lo que tendría que estar sucediendo en este momento es un gran proceso de planeamiento y organización, involucrando a las comunidades posiblemente más afectadas, para enfrentar al mega Niño que nos embestirá en el período 2023-2024.

Dudo mucho que esto sea lo que suceda, pues de momento todo parece girar en torno a la posible Tercera Toma de Lima, a cómo el Congreso y el Ejecutivo pueden hacerse más de los sistemas de control y del poder judicial, o de llevar a grupos violentistas de derecha a lugares que deberían ser de apertura, como el Ministerio de Cultura.

Así que, como todo indica que el mundo se va a acabar, y que incluso Hollywood está de huelga, mejor nos vamos todos al cine a ver arder el planeta con Misión ImposibleIndiana Jones, o mejor aún, otros estrenos cinematográficos de la próxima semana, como Barbie y Oppenheimer: encerrados en un cinema, donde al menos podemos controlar el clima por ahora.


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2 comentarios

  1. Isabel Sobrevilla

    Quien pensó que lo estaríamos viviendo, es para preocuparse

  2. Victor

    Un panorama asolador lo que se viene, mas aun para las nuevas generaciones.

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