Y en medio de las nubes, un arcoíris


Que la coyuntura política no invisibilice una lucha importante


Este mes, al igual que junio de todos los años, es el Mes del Orgullo LGBT+. Es la época en que, al igual que muchos, suelo dedicar mis columnas a darle la mayor visibilidad posible a la agenda de derechos pendientes de ser reconocidos en nuestra sociedad. 

            Sé que el Perú está atravesando ahora momentos de gran incertidumbre tras el proceso electoral, y ante esto dudé de si sería apropiado continuar la tradición. Pero las coyunturas difíciles no deben de hacer que ignoremos temas que son relevantes para nuestro país y que no suelen recibir la atención debida (y justamente por eso es que se necesita un mes para recordarlas). Lo urgente no debe de hacer que olvidemos lo que también es importante.

            Me permito, entonces, compartir con ustedes una reflexión que escribí como parte de mi libro “¡No retiro nada! Bitácoras de luchas por un país más libre” (Planeta, 2019) sobre la Marcha del Orgullo, evento central de este mes. Creo que la reflexión sirve para entender no solo la importancia del evento específico sino la de tener un mes cada año para conmemorar el orgullo LGBT+

            La marcha no es solo un espacio de algarabía en una ciudad gris y que mira con reproche a los que son distintos; la marcha es también un espacio de reivindicación, memoria y autoestima colectiva.

            Reivindicación, porque es el lugar para exigir los derechos que el resto tiene y que nos son negados por nuestra orientación sexual o identidad de género. La posibilidad de que el Estado reconozca y proteja nuestro proyecto de vida con la persona que amamos si somos una pareja gay, el tener un DNI que realmente nos identifica si somos una persona trans, que reconozcan que nuestro hijo tiene dos mamás si somos una pareja de lesbianas, el protegernos ante un despido arbitrario si nuestro jefe no acepta que somos bisexuales. Ningún privilegio, nada que no tengan ya las personas heterosexuales en el país, pero que a miles de nosotros se nos niega cada día.

            Memoria, porque es un espacio para recordar todo lo avanzado y a aquellos que lo hicieron posible (varios ya no se encuentran con nosotros). Todo colectivo, todo activismo debe de conocer su historia para inspirarse, para fortalecerse, para no perder el rumbo. Mucho ha pasado desde aquella primera Marcha (Plantón) del Orgullo en el parque Kennedy en 1995 con veinticinco participantes, y es necesario conocerlo para celebrarlo y para seguir luchando.

            Pero creo que lo más importante de la marcha, lo más significativo a nivel individual y a nivel colectivo, es la autoestima general que se promueve y fortalece durante esa tarde. Es casi un ejercicio terapéutico que repetimos cada año.

            Recordemos que un adolescente homosexual, antes de cumplir la mayoría de edad, habrá escuchado —en el colegio, en el barrio, en la iglesia, en redes sociales, en su familia— que la homosexualidad es asquerosa, un pecado, una anormalidad. Crecerá escuchando que algo que es inherente a él, que le cuesta entender, que no puede cambiar, está profundamente mal. A las inseguridades propias de la adolescencia tendrá que sumar esta pesada carga, que no es una «opción sexual» como erradamente se dijo, pues nadie nunca le dio a elegir.

            Además, ese chico podrá ser víctima de bullying, sin importar si salió del clóset o no. La simple sospecha —por cómo camina o habla, por la música que escucha, porque no habla de chicas, porque no juega fútbol— lo convertirá en potencial víctima de acoso. De acuerdo con una encuesta de Promsex, siete de cada diez estudiantes no heterosexuales se sienten inseguros en sus colegios. Sienten miedo en el lugar donde pasan casi un tercio de su día durante doce años, en la experiencia humana que para muchos heterosexuales constituye «el mejor momento de nuestras vidas».

            Sobre esto último, sobre el «mejor momento de nuestras vidas», cada vez que le escucho la frase a algún nostálgico muchachón, me viene a la mente otra del periodista y activista argentino Bruno Bimbi: «De todas las cosas de la vida que nos prohibieron a los gais, la adolescencia es la más injusta. Quiero que me la devuelvan». Porque no es solo la experiencia escolar la que es distinta, es también toda la experiencia que se desarrolla en esos años de la adolescencia. Los primeros «gileos», hablar con tus amigos de quién te gusta, «caerle» a alguien, ese primer beso en la kermés, ir a la fiesta del colegio porque te datearon que irá la chica que te gusta, que te rompan el corazón, ir a tu fiesta de promoción con la persona de la que estás enamorado. Todos guardan recuerdos similares de esos años. Todos los heterosexuales. Porque los gais solo vivimos ese momento en nuestra mente, mientras sentimos culpa (¿está bien lo que estoy sintiendo?), preocupación (¿hay algo mal dentro de mí?) y miedo (¿si alguien descubre lo que siento, qué pasará?).

            Imaginen el daño que todo eso puede generar en la autoestima de una persona, especialmente en un momento tan inestable como la adolescencia. Y ahí no acabará, pues durante toda su vida podrá encontrar episodios en los que la sociedad insistirá en que su orientación sexual está mal: los chistes homofóbicos de los compañeros de trabajo, el miedo a agarrarle la mano a su pareja mientras caminan por la calle, la incapacidad de visitar a quien más ama en el hospital, la incapacidad de compartir con él su seguro de salud, el miedo a una vejez solitaria. Experiencias similares o con algunas diferencias pasarán también las chicas lesbianas o bisexuales, o los adolescentes trans.

            Frente a todo ello, la Marcha del Orgullo es un espacio para decirle a ese adolescente (de la actualidad o del pasado) que no tiene nada de malo ser como es, que no está ni estará solo, que llegarán momentos increíbles a su vida en los que será profundamente feliz, que cada día las cosas mejoran en esta sociedad. Un espacio para decirnos a nosotros mismos que no debemos vivir con miedo, para decirle a la sociedad que hemos existido siempre y que lo seguiremos haciendo, y que todos nos debemos respetar.

            Y por supuesto que hay espacio en esa marcha para las personas heterosexuales. No solo son bienvenidos, sino que su presencia es absolutamente necesaria. Las causas de derechos humanos no deben involucrar solamente al grupo al cual está siendo vulnerada su dignidad, sino a todos aquellos comprometidos con sociedades justas y libres. El grupo directamente vulnerado es el que debe tener la voz y el que inyecte de energía al movimiento, y las personas externas comprometidas deben ayudar a fortalecer la agencia y capacidad de acción.

            Durante décadas los espacios de poder estuvieron negados a los gais, lesbianas bisexuales y trans: en los medios de comunicación solo aparecíamos como objeto de burla de los espacios cómicos o como personajes marginalizados en las noticias policiales; y en las instituciones públicas, solo éramos un rumor lejano percibido a través del ruido de los prejuicios y la indiferencia, sin poder lograr que se escuchen nuestras demandas. La opinión pública solo nos conocía a través de la narrativa creada por aquellos que no querían representarnos, ni en lo mediático ni en lo político. ¿Éramos realmente parte de la democracia?

            Hasta aquí la reflexión que compartí en mi libro. Este año, al igual que en el 2020, el Covid evitará que se realice una marcha presencial. El evento será virtual, a través de las redes, abierto a la participación de todos los interesados en impulsar una sociedad más igualitaria y amable. No dejemos que las nubes de este contexto eviten que se vea el arcoíris. 

4 comentarios

  1. Idania Varillas

    Querido Alberto, tu reflexión me lleva mis tiempos de primaria y secundaria. No soy gay pero recuerdo claramente a dos compañeros de clase que eran maltratados, burlados y hasta agredidos sólo por la sospecha de que eran gays. Nunca participe en eso, es más me sentía mal, me daba pena pero no hice nada para detenerlos. No alce mi voz en su defensa y no sabes cuanto me pesa eso cuando pienso en retrospectiva. La visibilidad de la comunidad gay es importante y como dices, no necesitas serlo para participar, para involucrarte y para hacer activismo por un país más justo para todos.

  2. José Ugaz La Rosa

    Gracias por compartir tus reflexiones, sentimientos y anhelos querido Alberto. Gracias por invitarnos a los heteros a contribuir a esta lucha por los derechos de la comunidad LGTBQ+. Abrazo tu causa y te abrazo a ti. Es un orgullo tenerte como compatriota, congresista y compañero de lucha.

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