Regresar hacia Gilead


Cuando la realidad es tan aterradora como la ficción


El libro más celebrado de la escritora canadiense Margaret Atwood es El cuento de la criada, publicado en 1985 y reeditado innumerables veces hasta hoy. En él, Atwood narra un futuro Estados Unidos —ahora denominado República de Gilead— convertido en una dictadura teocrática, sin libertad de tránsito, de prensa, de pensamiento, ni ninguna otra de las libertades que caracterizan a una democracia. En esta distopía, las mujeres son las que se llevan la peor parte. Impedidas de trabajar o de tener vidas independientes, el rol de las mujeres se limita principalmente a la servidumbre en condiciones de esclavitud o a ser máquinas humanas de reproducción en un sistema perverso que las deshumaniza por completo.

         El cuento de la criada se volvió más popular a raíz del éxito de la serie de televisión estadounidense basada en el libro, la cual lleva el mismo nombre y que actualmente va por su sexta temporada. Esto debe haber terminado de animar a Atwood para escribir la secuela, Los testamentos, que, si me preguntan, es incluso mejor que el primer libro pues profundiza más en las estructuras y dinámicas de poder que sostienen a esa sociedad totalitaria.

         Un elemento clave para el éxito de cualquier ficción es que sea verosímil, así plantee escenarios fantásticos o muy lejanos a la realidad. Y la sensación con la que uno lee estos libros de Atwood es que lo que escribe ahí es, en efecto, posible: una democracia moderna y libre puede terminar convertida, en poco tiempo, en una sociedad donde prime la barbarie. 

         Uno quiere creer que el progreso es lineal, que las sociedades siempre están avanzando hacia él, pero la realidad nos muestra que las cosas no funcionan así. Los retrocesos existen, y suelen ser particularmente duros con las mujeres y sus derechos. 

         Lo ocurrido en las últimas décadas en países de Medio Oriente es un claro recordatorio de ello. En un fotorreportaje publicado por la BBC, por ejemplo, podemos ver la situación de las mujeres en Irán antes y después de la revolución islámica de 1978. Las fotos de antes podrían haber sido tomadas en cualquier país de Occidente para retratar actividades cotidianas: mujeres estudiando en la universidad, disfrutando de un picnic, en la peluquería, de compras por las calles de Teherán. El común denominador de todas las fotografiadas, además de su nacionalidad, son sus largas cabelleras. No hay rastro de hiyabs, burkas ni ningún tipo de velo en esas imágenes. Desde 1978 la historia es otra. Tomó poco más de un año perderlo todo con la instauración de la dictadura teocrática que se mantiene hasta hoy. Este cambio radical se encuentra ilustrado con maestría en la novela gráfica Persépolis, autobiografía de la historietista Marjane Satrapi. 

         Esta semana hemos tenido otro recuerdo de lo frágiles que resultan las libertades. El necesario retiro de Estados Unidos de Afganistán fue realizado con un nivel de improvisación y caos sorprendente. Todos los especialistas coinciden en señalar que el retiro era inminente ante el fracaso de la ocupación norteamericana, pero también existe consenso en señalar que el resultado ha sido el peor imaginable. En pocos días los talibanes se han hecho del poder sin mucho esfuerzo, reinstaurando en el país su régimen totalitario. Como se recuerda, los talibanes estuvieron en el poder desde 1996 hasta su derrocamiento en la guerra de 2001. Durante esos años las mujeres fueron obligadas a usar burka, se impidió que pudieran movilizarse sin la presencia de un hombre de su familia, se prohibió que vayan a la escuela o a la universidad; tampoco podían practicar deportes o actividades artísticas, ni realizar actividades políticas o sociales. El castigo por incumplir estas normas podía llegar hasta la lapidación. 

         Los veinte años de invasión norteamericana significaron dejar atrás todas estas normas. Si bien todavía se trataba de una sociedad profundamente machista, las mujeres afganas volvieron a las escuelas, a las universidades, a los empleos, a la vida pública. Veinte años de avance borrados en pocos días. 

         Como habrán visto en las redes sociales, circulan imágenes de hombres tapando con pintura las fotografías de mujeres en locales comerciales de Kabul. Las mujeres empiezan a desaparecer del espacio público.

         “Estoy sentada aquí esperando a que vengan. No hay nadie que me ayude a mí o a mi familia. Y ellos vendrán por gente como yo y nos matarán. No puedo abandonar a mi familia. Además, ¿a dónde me iría?”. Esta desgarradora declaración pertenece a Zarifa Ghafari, quien en 2018 se convirtió en la primera alcaldesa elegida de la ciudad de Maidan Sharh y la más joven de todo el país. La ansiedad y desesperanza de sus palabras representan la de millones de mujeres afganas.

         En un reportaje de The Guardian sobre la publicación de la secuela del El Cuento de la Criada en 2019, Margaret Atwood comenta que no había vuelto a esta historia antes porque hasta ese momento no le había parecido relevante. “Durante mucho tiempo nos alejamos de Gilead, y luego nos dimos la vuelta y comenzamos a regresar hacia Gilead”. Esta semana su historia cobra mucha más relevancia que cuando se publicó esa nota hace dos años, porque la realidad nos recuerda que puede ser tan aterradora como la ficción.

3 comentarios

  1. Ines

    Leí hace varios años la novela Mil soles espléndidos de Khaled Hosseini y me marcó el relato de la protagonista y cómo su vida va cambiando cuando se instaura el régimen talibán de los años 80. Me desgarra pensar que esa ficción es tan real en estos días…

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

veinte − catorce =

Volver arriba