Otra habitación propia


Un deseo más complicado de lo que parece


Todo el mundo se hace propósitos de año nuevo. Hacia fines de diciembre creemos que acaba un capítulo y empieza el siguiente, que se avanza, pero la verdad es que es algo más bien simbólico. Los años son solo una necesidad de medida. El mundo realmente no cambia de un día para otro, más bien se renuevan los ciclos vitales, como saben bien los agricultores y los pájaros. Se trata, pese a las amenazas, de la persistencia del eterno retorno. Nosotros, que somos las amenazas, más bien sí que estamos apenas de paso. Notamos que envejecemos y decimos que los años pasan, pesan, vuelan, y caemos en cuenta de que nuestra gira terrestre se acerca inexorable a su fin. Quizá tener esto último en el inconsciente sea lo que nos anima a celebrar el evento con fiestas, practicar cábalas, quemar muñecos de políticos que queremos olvidar, y finalmente cambiar el calendario. Porque tenemos fe en los nuevos comienzos. Por eso también hacemos listas de propósitos. Buscamos lograr algo, aprender alguna cosa, dejar atrás hábitos que nos resultan tóxicos, ganar salud. Pensamos que lo pudimos hacer mejor, así que renovamos nuestros votos por una existencia más rica o más plena a través de ajustes. La vida, en fin, queremos creer, nos da cada doce meses una nueva oportunidad.

Yo también, como cada año, hice mi lista. Y, como cada año, la conservo en secreto. Me digo que no soy supersticioso, pero lo cierto es que no quiero que se salen mis designios. O quizá sea solo miedo al fracaso.

            Pero voy a compartir una intención que se me repite diciembre tras diciembre. Es simple, y no: quiero más tiempo. No a futuro (aunque tampoco estaría mal), sino tiempo dentro del tiempo. O mejor: fuera del tiempo.

            No hay nada más frustrante para los espíritus creativos que carecer de las condiciones materiales para entregarse a lo suyo. En su ensayo de 1929 sobre la situación cultural, social y económica de las mujeres, Virginia Woolf reclamaba para las escritoras “una habitación propia y quinientas libras al año”. El texto es un hermoso alegato en favor de la independencia femenina, pero si nos referimos a la búsqueda de un espacio de placidez solitaria y silenciosa para la creación, si bien estoy seguro de que las mujeres lo tienen más complicado, creo que las ocupaciones, preocupaciones y estímulos contemporáneos nos reducen a todos la posibilidad de preservar esa habitación. Ese espacio y ese tiempo de libertad solitaria. Alguna vez Henry Miller (creo que fue Henry Miller) dijo que la principal tarea de un escritor era buscar y cuidar con celo su tiempo para escribir. 

            (Hablo de escribir porque es algo que me atañe, pero podría referirme a cualquier cuestión creativa, artística, intelectual, científica, filosófica. Y puede darse desde el absoluto amateurismo, da igual. Dejemos escribir para el ejemplo). 

            Tenemos trabajos y tenemos estudios que incluso buscamos mejorar o incrementar como parte de los propósitos mencionados. Vamos y venimos. Tratamos de cumplir con innumerables obligaciones domésticas, familiares y sociales. Se nos va la cabeza en miles de pequeñas cosas, valiosas o idiotas. Amamos. Dedicamos horas a redes, correos, opciones de streaming infinitas. Sumamos problemas, urgencias, miedos, crisis de toda laya. Obligaciones de adultos. Queremos estar en todas partes ahora mismo, no perdernos de nada. Y es difícil crear así. Es casi imposible —y en ciertos casos inaceptable, incluso considerado inmoral— procurarnos tres o cuatro horas diarias de desconexión del afuera para encerrarnos en el adentro. Por si fuera poco, espacio y tiempo disponibles no son suficientes. Alice Munro ha contado en más de una ocasión que escribía sus cuentos luminosos en cualquier parte y momento que le dejaran sus labores domésticas y la crianza de sus hijas. Pero es Alice Munro y, pese a las dificultades, lo que la canadiense lograba era el más difícil de los aislamientos: el de uno mismo. 

            Porque así se cuente con las condiciones soñadas, es difícil estar solo y crear. Requiere no solo pasión (lo más sencillo, en realidad) sino aguante y una capacidad de abstracción que resulta lo más anticapitalista posible, pues, a menos que uno sea cínico, se trata de tiempo invertido en no producir nada que se pueda vender. Y aun así, nada nos asegura de estar protegidos contra la principal amenaza, que somos nosotros mismos. Esa vocecita que nos recuerda las tareas pendientes, que hace brotar pensamientos que no tienen nada que ver con lo que estamos trabajando. Te distraes un segundo y fuiste, toda la abstracción se lanzó por la ventana (a propósito, Pedro Mairal, quien literalmente se amarraba a la silla, recomienda una solución práctica: tener un papel a la mano y anotar esas obligaciones inoportunas para más adelante. No soluciona el problema, pero peor es dejarse llevar). Es mucho más difícil zafar de las voces interiores que del mundo exterior, cuesta más separar la paja del trigo creativo y cerrarle la puerta a la distracción que sale de uno porque dicha puerta pocas veces resulta muy clara. Si lo logramos, podremos hallar la iluminación, como Munro, y crear siempre que tengamos un momento a solas. Crear lo que sea.

Habría hoy que corregir a Miller (o a quien sea): lo que hay que proteger es la concentración. La autodistracción es la verdadera bestia negra del escritor/creador.

Lamento no tener nada que recomendar ni fórmulas mágicas, salvo planificar lo más posible antes de ejecutar, apagar todas las redes (la vida seguirá allá afuera, se los aseguro) y persistir. Persistir en lo que ensancha la existencia. Persistir en perdonarse uno mismo cuando se distrae, se cae o las cosas no salen como quisiéramos. Persistir hasta que ese sea nuestro eterno retorno. Y seguir persistiendo. Y como de alguna manera todos somos creadores, extiendo mi deseo de año nuevo a los demás: ojalá contemos con un cuarto bien iluminado y ventilado, una mesa, una silla y tiempo diario para nosotros mismos. Y seamos capaces de afilar nuestra capacidad creativa. Así el mundo no solo se moverá cada fin de año, sino que avanzará. Siempre. Al menos nuestro mundo.

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