No tema


Una centrífuga de pensamientos mientras la indignación se asienta


            Como algún lector habrá notado —o tal vez no—, desde la semana pasada volví a esta columna tras seis meses de alejamiento. No ha sido esta mi única ausencia. Durante ese mismo tiempo estuve dedicado, además de los trabajos alimenticios, a terminar un libro. Eso me demandó no solo tener la mente puesta en la labor, sino también cierto abandono de las personas que amo. Desatención. Distracción. Además el libro que escribí trata de sucesos ocurridos hace siglo y medio, así que lo que ocupaba la mayor parte de mis pensamientos giraba alrededor de un pasado remoto, de gente muerta y papeles viejos. Por si esto fuera poco, desde hace casi tres meses estoy viviendo en Tacna, abocado a inventariar más papeles viejos de gente muerta. Es un encargo hermoso, eso sí, pero a un costo alto: a la distancia personal debí sumar la física.

            Aun para alguien que disfruta la soledad y el silencio como yo, situaciones así te recuerdan cuánto se puede extrañar un abrazo rico y fuerte, un beso, las risas y la proximidad de las personas que te hacen la vida mejor. No hay WhatsApp ni videollamada que te traigan ese milagro discreto que se activa ante la cercanía, la mirada o el olor que desprenden los tuyos.

            Donde vivo hay un televisor, pero ni me gusta mucho encenderlo ni, la verdad, he logrado averiguar en todo este tiempo cómo se hace para conectar la señal del cable. Pero soy una persona de rutinas, así que mientras ordeno, cocino o como, suelo escuchar diariamente los mismos podcast de noticias. Esto me ha generado de forma cotidiana un extrañamiento: pasar cada mañana de las crisis presentes a las registradas, sobre todo por los historiadores y los cronistas, doscientos, cien o cincuenta años atrás. Al respecto puedo decir que a) no, amigos, no todo tiempo pasado fue mejor; y b) no estoy tan de acuerdo con esa afirmación de que conocer la historia nos permitiría evitar errores próximos o futuros. En todo caso, no es una garantía. El relato político nacional parece un eterno retorno de miserias, egoísmo, violencia, ineptitud y corrupción

            Estoy dando vueltas.

            Estoy dando vueltas porque la realidad me supera. Porque lo vertiginoso de las noticias inquietantes no me da tregua para permitirme lo que se espera: parar, mirar, reflexionar y escribir sobre algo. Quiero escribir, pero me sale espuma. Quiero decir muchísimo y me atollo. Quiero escribir, pero me siento puma. Quiero laurearme, pero me encebollo.

            Había pensado redactar un artículo sobre un tema que ahora mismo me da pudor siquiera revelar. Pero ¿qué decir sobre esta andanada de informaciones truculentas que se suceden con las horas? ¿Cómo emitir un juicio valorativo, un comentario original, una opinión cuando la actualidad es informe y vertiginosa? Solo en las últimas horas se agregó la sexta causa de procesamiento a Castillo, y las pruebas en su contra son palmarias. La Fiscalía fue a buscar a su cuñhija a Palacio, donde presumiblemente se escondió, para luego ponerse en fuga. (Por cierto, la fiscal de la nación también tiene rabo de paja). El abogado de la pareja presidencial renunció, y tres doritos después volvió. La muchacha se puso a derecho, lo que viene siendo usado propagandísticamente por el entorno palaciego para continuar ya no solo victimizándose, sino haciendo llamados a la confrontación activa. Los fujimoristas y sus avatares dan vergüenza ajena. El Congreso da vergüenza ajena. La polarización del año pasado parece volver con más furia. Hace un rato se propaló la escena de María del Carmen Alva maltratando a Isabel Cortez. Urresti está primero en las encuestas para Lima. No hay urea. La economía está colapsando. La viruela del mono, el legislador violador que está pasando caleta, los prófugos, los ministros delincuenciales, las nuevas amenazas de expulsión de extranjeros. Mientras tanto, la calle está pasmada. O lo parece. 

            El país está al borde de algo. De algo jodido.

            Y yo con mi pequeña angustia.

            Pero no todo, sin embargo, son malas noticias. En Tacna parece no irse el sol durante los días de invierno, y en un par de horas vendrá mi hijo a visitarme. 

            El sábado nos iremos a caminar de Tarata a Ticaco. Visitaremos iglesias viejísimas, cuevas, y, recorriendo un camino inca al lado de unas inmensas quebradas verdes y repletas de andenes en funcionamiento desde hace cientos de años, llegaremos hasta una zona de cascadas y aguas termales. 

            Así que me van a perdonar, pero esta semana no tengo nada que decirles. Nada importante. Es más, por unos días no escucharé podcast y evitaré un tanto la realidad nacional. Que se callen todos, que se vayan a tomar por saco. 

            Lo único que me interesa ahora mismo es estrechar a mi querido hijo, escucharlo hablar, reírme mucho con su brillantez desparpajada. Y caminar por los cerros de la sierra de Tacna.

            Ya habrá tiempo para volver al estupor. 


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1 comentario

  1. Buen comentario el del solitarios de Tacna. Si pues así mismo estamos todos y ya no es tu por es también el mío, es el de todos!

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