Mi cholo sano… y extraditado 


Un vistazo a nuestra historia reciente y a uno de sus ídolos de barro


Corría el año 2000 cuando Alejandro Toledo se convirtió en la gran promesa de la democracia peruana: logró meterse por las patas de los caballos en las encuestas y presentarse como una posible alternativa ante Alberto Fujimori, quien intentaba conseguir su tercer mandato con fábrica de falsificación de firmas incluida. Montesinos y su maquinaría de diarios chicha ya había destruido a toda la oposición posible, pero como el “cholo sano y sagrado”—como lo describiría luego su esposa— apareció algo tarde, no fue tomado en cuenta.

Alejandro Toledo tenía, además, una historia de hadas que contar, la del niño que comenzó a trabajar lustrando zapatos en Chimbote, que había nacido en las alturas del pequeño pueblo de Cabana y que, contra toda estadística, alcanzó el sueño americano tras estudiar en la renombrada universidad de Stanford y casarse con una belga pelirroja que, además, hablaba quechua. Toledo, por lo tanto, tenía la capacidad de hablar y algo que decir. Volvió al Perú en los 80 con muchas ilusiones de ascenso social y para 1995 ya se presentaba como una opción de cambio.

La chakana fue el símbolo de su partido y, tras ganar la presidencia finalmente en 2001, la ceremonia de juramentación contó con la presencia de los mandatarios de la región y la del príncipe de Asturias en Machu Picchu, lo que reafirmó su capacidad de movilizar imágenes y sueños. Después de los años de Fujimori le devolvió a muchos la fe en la política: entre la transición de Valentín Paniagua y su gobierno se buscó dejar atrás el legado de los años más nefastos de la captura del poder por parte de las mafias o, por lo menos, eso fue lo que se nos hizo creer.

Sus aires de tecnócrata —algunos lo llamaban “el cholo de Harvard”— y verse rodeado de una serie de expertos, como su ministro Pedro Pablo Kuczynski, ilusionaron a muchos peruanos con la idea de que comenzaban nuevos tiempos. Algo así ocurrió. La profunda crisis económica de fines del fujimorato se fue resolviendo en la medida que se inició el superciclo de la economía china y el alza de los precios de las materias primas que, en ese momento, el país estaba listo para explotar, a lo que se sumó la liberalización de los mercados laborales y el fomento al comercio internacional, factores que finalmente destrabaron un estancamiento que parecía infinito y nos hizo testigos de megaproyectos como el del gas de Camisea y la construcción de la carretera interoceánica. 

No todo fueron alegrías, por supuesto. Durante su mandato se dieron levantamientos populares en Arequipa y Moquegua en el 2002, porque la población se oponía a la privatización de la empresa eléctrica, que fuera vendida a una empresa belga; ocurrió el levantamiento de Illave en Puno, en 2004, donde se quemó vivo a un alcalde acusado de nepotismo y abuso de poder y desaparecieron 17 personas. Meses más tarde, en enero de 2005, ocurrió el llamado Andahuaylazo, cuando Antauro Humala se levantó en defensa de su hermano Ollanta, que estaba siendo procesado por levantarse en contra de Fujimori.

De todo ello han transcurrido veinte años y, como dice el tango, aunque las nieves del tiempo hayan plateado nuestra sien, hoy nos toca pensar una vez más en Toledo porque aparentemente ahora sí será extraditado de los Estados Unidos para enfrentar a la justicia peruana. El expresidente tiene una semana para probar que el suyo se trata de un juicio político, pero todo parece indicar que finalmente se le han terminado las excusas y que la ley por fin lo tocará. El hombre recordado principalmente por su impuntualísima hora Cabana y, según los rumores, por su afición al whisky etiqueta azul de Johnny Walker, nos robó a todos.

Nos robó como lo han hecho casi todos nuestros presidentes; en su  caso, aceptando tajadas de los constructores brasileños que hicieron la interoceánica que atraviesa la selva amazónica y que ha traído más ilegalidad y abuso que progreso, y que no ha hecho más que agravar la situación ya difícil de quienes viven en Madre de Dios. Toledo nos engañó como muchos antes y después que él, y logró en ese proceso consolidar la idea de que no es posible gobernar el país sin robar. Nos quitó millones de dólares, pero también la ilusión de que se podía tener un mandatario que realmente gobernara con virtud después de un régimen probadamente corrupto.

En estos días en que la crisis política parece interminable, en que no tenemos partidos políticos, en que la presidenta tiene una bajísima aceptación al igual que el Congreso —como en su tiempo la tuvo el mismo Toledo, que inauguró el 6 % de apoyo en las encuestas con amenaza de vacancia incluida—es posible que la extradición de Toledo sea usada como cortina de humo para tratar de consolidar la idea de que tenemos un gobierno con una justicia eficiente. Pero eso no es cierto. La extradición de Toledo, como ya lo dijo el Mercurio de Chile, es inexorable y no responde a lo que sucede en el Perú en este momento. Es, simplemente, un paso más en la rendición de cuentas a propósito del caso Odebrecht.

Pronto la cárcel del fundo Barbadillo, destinada a expresidentes, tendrá el mismo problema de sobrepoblación carcelaria que el resto de establecimientos de la INPE, sin contar que uno de los exmandatarios que parecía destinado a estar entre sus paredes decidió que mejor era un tiro en la sien que enfrentar a la justicia. El sentimiento es agridulce, tal como lo expresa la caricatura de Diego Avendaño: “No sé si alegrarme por el sistema de justicia, o de sentirme mal por la corrupción de nuestros presidentes”.

Tomado de la cuenta @avendiego en Instagram

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