Meg Ryan teniendo sexo


Una despedida de soltera que activó viejas alarmas


Hace unas semanas se casó mi hija mayor y, entre el celaje de deseos y frases amables que me rodeó por esas fechas, se filtró un breve pensamiento incómodo al que logré espantar. O eso creía, porque escribir este artículo tal vez signifique que aún no aplasté al mosquito. Ocurrió cuando mis hijas menores publicaron imágenes de la despedida de soltera de su hermana: allí estaba la novia, feliz y encantadora, haciéndome babear como siempre, hasta que una de las fotos la mostró carcajeante con un inocente juguete en forma de verga. A decir verdad, exagero. Se trataba de un globo con una pichulita impresa, pero claro, los ecos en mi psique me devuelven una imagen magnificada.

Desde que lance el pódcast  –y más aún hoy, que se ha publicado su versión en libro– ha habido una pregunta usual entre quienes me han entrevistado a causa de su contenido: “¿Qué aspecto del machismo te es más difícil superar en relación con tus hijas?”.

Siempre respondo que he tratado de que jamás se ruborizaran ante cualquier tema que a mí me hubiera costado intercambiar con mis padres y que el sexo fue lo más difícil: ¿cómo hacer que las manifestaciones sobre dicho tema emergieran naturales en ellas, tal como lo hacían entre mis amigos varones a su edad?

La semana pasada me topé con un artículo que le añadió carbón a mi caldera. 
En él se recuerda que Meg Ryan acaba de cumplir 60 años y se especula sobre una de las posibles causas del declive de su carrera. Queríamos tanto a Meg, diría Cortázar: mi generación creció enamorada de ella, de su mirada vivaracha, de sus mohínes, de su vulnerabilidad ante las situaciones románticas y, sin embargo… ¿no sería que estábamos enamorados de la imagen que le impusimos todos?

Cuando tenia 41 años, luego de ser garantía de taquilla en virtud de su condición de “novia de América”, Meg Ryan decidió salir del territorio que, si bien le había otorgado la mayor de las famas, también la aprisionaba para ceñirse laureles artísticos: era de esperar que ser la reina de la comedia romántica activara el sesgo de los críticos que se consideran serios. Por ello se unió a un largometraje de la prestigiosa Jane Campion, que se estrenó en 2003 con el título de In the cut, en el que interpretó a una profesora solitaria que se lía con un detective. Aquella fue la primera vez que el mundo vio a Meg Ryan en escenas de sexo explícito. Según una entrevista que Ryan concedió a The New York Times en 2019, la película “fue un antes y un después en mi carrera; la reacción fue cruel (…) Desde entonces todos los publicistas me han dicho que debería haber preparado a mis seguidores, porque el sexo espanta a la gente. Nunca me había presentado tan sexual, era muy diferente al arquetipo que me habían asignado”.

Cuando uno lee la crítica que hace casi veinte años le dedicó la revista Empire, no queda más que respaldarla: “Llega una época en la carrera de cualquier actriz en la que tiene que quitarse la ropa si quiere ser tomada en serio”.

¿Qué habrá pensado el exprofesor de matemáticas Harry Hyra cuando vio a su hija en esas escenas? Si yo sentí algo de incomodidad al asociar a mi hija con pichulitas, ¿qué cataclismo transitorio habrá sufrido él? Tal vez haya echado de menos lo que yo mismo desearía, a la par que toda sociedad machista: ese muro de concreto que debe levantarse entre las buenas mujeres de nuestra familia y el sexo. Si Meg Ryan era la novia linda que anhelábamos, ¿por qué asociarla a fluidos corporales? Si la madre de Dios parió sin haber tenido sexo, ¿no es lógico desear que la madre de nuestros hijos divinos se parezca un poquito a ella? 

Impacta observar a la distancia cómo, sin darnos cuenta, las sociedades comprimen a sus integrantes dentro de los roles que se esperan de ellos. Y con las mujeres parece que es peor. Quizá porque las actrices son los modelos en los que proyectamos masivamente nuestras narrativas machistas, es con quienes somos más crueles apenas salen del molde prefijado; el de la mujer bonita, arreglada e inmaculada que nos espera sonriente: si Andie Mac Dowell se deja las canas, palo con ella. Si Renée Zellweger se hizo la cirugía para, irónicamente, seguir entrando en los roles por los que se le aplaudía, peor para ella. Si Sarah Jessica Parker vuelve a las andadas en Nueva York, lejos esta vez de tener 30 años, pobrecita.

Mis hijas, sin ser actrices, son estrellas en el largometraje de mi vida, pero aprendí que no soy el guionista de sus papeles. 
Allí radica la vitalidad de nuestra relación y también la fuente de sus desencuentros.

4 comentarios

  1. Paul Naiza

    Querido Gustavo, Top gun(Meg Ryan) evoca mi mente, una de las primeras películas que vi al final de los 80’s, cuando un aparato robusto llegó a casa, Betamax le llamaban…

    • gr

      Es verdad, Meg Ryan tiene una breve participación allí. Un abrazo nostálgico, Paul.

  2. Nancy Goyburo Reeves

    Cuando un primo mío (muy conservador él) estuvo una vez en casa y entró a Netflix y, vio que una de las películas / series que había visto era «50 sombras de Grey» entró en pánico! No podía entender que yo podía ver ese tipo de películas. ¡Pobrecito!

    • Gustavo Rodríguez

      Un abrazo, querida Nancy, ¡gracias por compartir!

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