Historia breve de una obsesión 


¿Qué lleva a un escritor a escribir y a publicar?


Esta noche voy a presentar un libro. Un libro escrito por mí.

​La primera —y hasta hoy, única— vez que lo hice fue hace siete años. Durante la pandemia publiqué también un título electrónico que reunía entrevistas, pero se trató de un artefacto y un acontecimiento bastante más discretos. Lo de esta noche es otra cosa: un libro gordo con una editorial prestigiosa y, como en el 2015, frente a un público en 3D dentro de una librería. Supongo que debería sentirme más nervioso, pero ni tanto. Debe ser que llevo años con el proyecto encima, y de alguna manera me siento no orgulloso, pero sí conforme. 

​Escribir y publicar son dos cosas vinculadas, claro, pero completamente distintas, aunque suele suponerse que son casi lo mismo; que lo segundo es la consecuencia natural de lo primero. Que uno escribe para publicar (si no, ¿para qué?). Y no. 

​Uno escribe por distintas razones: porque lo disfruta, porque lo sufre, porque se le da con facilidad. Porque tiene una idea que lo obsesiona, porque busca el autoconocimiento, la venganza, el recuerdo, el perdón, la curiosidad, la trascendencia. Porque pretende ajustar cuentas o aclarar un asunto. Para llevar una linterna a las penumbras propias o ajenas. En una entrevista de 1976, García Márquez soltó una frase memorable de brutal honestidad: “Escribo para que me quieran más”. Por su parte, José Ovejero responde que lo hace porque piensa despacio. Quizá no sea exagerado decir que cada quien se sienta a redactar un diario, un ensayo, un artículo, una novela por un motivo único y personal; y por eso mismo lo hace solo. Escribir es una artesanía que exige espacio, soledad y silencio: este ‘cada quien’ se embarca en un proyecto que excluye a los demás por meses o años para encerrarse en sí mismo y terminar —si termina— pariendo un manuscrito. 

​Publicar es otra vaina. Para empezar, hay que quererlo. Ojo que aún no hablo de la confianza, sino de sencillamente de tener la voluntad de compartir tu esfuerzo con los otros y esto porque, insisto, a menos que sea un encargo uno no escribe, o no debería hacerlo, sino para sí mismo. Eso de pensar en el lector, a menos que uno sea Corín Tellado, es una memez: pocos ganan dinero con esto, así que el esfuerzo sea para satisfacerse uno mismo. Parafraseando a Kapuściński, los cínicos no sirven para este oficio. Escribir es un mandato autoimpuesto, lo que puede llegar a ser una necesidad emocional. 

​Luego, una vez que se piensa que sí, que estamos dispuestos a dejar que los otros se metan en nuestra cabeza a través de las palabras que hemos reunido en un montón de páginas, el asunto pasa a ser una cuestión de fe. De confianza en uno mismo y de confianza depositada por otros, lectores profesionales, en lo que has pergeñado. Y hay que tener claro que querer no siempre es poder: lo más común es toparse con negativas, lo que en muchos casos no significa que el material carezca de valor. El túnel, La conjura de los necios, El señor de las moscas, Lolita, Harry Potter o Estrella distante fueron rechazadas incluso por decenas de editoriales antes de ser aceptadas.

Pero suponiendo que existe una editorial que admite tu manuscrito, comienza esta segunda fase, que implica a varios profesionales: entre otros, el que lee y opina, el que corrige, el que lo diagrama, el que lo imprime, el que lo pone en circulación, el que lo difunde. El mercado editorial se rige por factores que pueden resultar esotéricos, y que a un libro le vaya bien (es decir, que se venda bien y se lea con entusiasmo) depende de aspectos que no siempre están vinculados con la calidad. Pesan cuestiones paratextuales y a veces un tanto o muy frívolas que van desde la elección del tema hasta el diseño de la portada; la moda, la distribución, el precio, la popularidad del autor, la cobertura de los medios. Hablamos de una fórmula en la que intervienen, además de la calidad del texto, el azar y los vaivenes del mercado. 

Resumiendo, uno escribe por diversas y singulares razones, pero solo publica por una: para que lo lean los demás. En lo primero pone todo de sí, o debería hacerlo; lo segundo implica diversas personas y factores. 

Yo me he pasado poco más de cinco años investigando, pensado y escribiendo un libro para sacarme de encima una espina, la imagen de una fotografía que vi en un libro de Historia del Perú cuando era chico. Quise saber, sobre todo, dos cosas: cómo una multitud de ancestros, limeños de hace siglo y medio, se entregaron durante un par de días a unos episodios de salvajismo insólito; y por qué dichos eventos han sido prácticamente relegados a la hora de inventariar nuestro pasado. En el camino fui enterándome de cosas desconcertantes, fascinantes, ruines, coincidentes. Son pocas las conclusiones a las que he llegado, pero una es indudable: vivimos en un eterno retorno de miserias políticas.

Como yo hice mi chamba y los editores la suya, si quieren saber más les toca leer el librito: así se cerrará el círculo.


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4 comentarios

  1. Nancy Goyburo

    Corro a comprar tu libro!
    En tiempos como los que estamos viviendo, quisiera saber acerca de ese “eterno retorno de miserias políticas”.

  2. Hilma Huerta

    Haré mi chamba y voy mañana mismo a comprar, leer y enterarme más de esos días de «salvajismo insólito»

  3. Lucho Amaya

    He finalizado de leer este escrito suyo con el convencimiento que como presentación de su libro estaría GENIAL.
    Saludos

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