Entre calabozos y cárceles doradas


Una aproximación histórica al apresamiento del ser humano


Luego del ruido que generó el voto de confianza del Congreso al gabinete Bellido –sobre todo tras el uso del quechua en su discurso–, la noticia del traslado de Vladimiro Montesinos a una cárcel común dejó de dominar el debate público.

            Sin embargo, me parece oportuno volver al tema para retroceder un par de pasos y preguntarnos por qué encarcelamos a nuestros semejantes. En gran medida, lo hacemos porque nuestras sociedades han llegado a la conclusión de que quienes atentan contra la ley deben cumplir una condena en caso de ser encontrados culpables por el sistema judicial.

            En su clásico estudio Disciplinar y castigar, el filósofo francés Michel Focault nos dice que la prisión no se convirtió en la principal forma de castigo por consideraciones humanitarias o la ambición de reformar a los reos, sino también porque las cárceles –como otros espacios como las escuelas, los cuarteles y los hospitales– estaban destinadas a disciplinar a los cuerpos. 

            No fue hasta los siglos XVIII y XIX cuando las cárceles comenzaron a dominar la forma de imponer castigos a quienes rompían las leyes. Antes habían predominado otras maneras de mostrar el poder de la ley y oscilaban desde las ligeras –como una multa–, hasta las más duras, que incluían el ostracismo –que enviaba lejos a quienes se consideraban peligrosos–, la tortura y la ejecución, que usualmente eran públicas. En la Lima colonial se solía encarcelar principalmente a los esclavos que buscaban escapar y se los enviaba a las panaderías, lugares peligrosos porque los hornos debían estar constantemente encendidos a altísimas temperaturas y que ponían en riesgo a quienes trabajaban en ellas durante la noche para que el pan estuviera listo muy temprano. 

            Las cárceles y los calabozos existen desde siempre, pero con el tiempo algunos se convirtieron en talleres donde los encarcelados proveían mano de obra, sobre todo para producir lana. Estas cárceles donde se combinaba el trabajo con el pago a la sociedad eran, obviamente, más humanitarias que las que utilizaban la tortura o la ejecución y en ellas también se recluía a los deudores, que muchas veces terminaban allí acompañados de sus familias. En la mayoría de los casos las prisiones eran manejadas por privados que hacían dinero cobrándole a los internos por la comida y la bebida. Más adelante, los movimientos de reforma buscaron mejorar el sistema penitenciario y se desarrollaron las ideas modernas sobre las penitenciarias.

            Encarcelamos a las personas por distintos motivos: puede ser buscando una retribución a la sociedad o para disuadir a quienes piensen quebrantar la ley. En tanto, los movimientos de reforma carcelaria han buscado rehabilitar a los delincuentes, algo que es bastante diferente de la idea de eliminarlos de la sociedad para evitar que sigan cometiendo crímenes. Esta visión, sin embargo, tiene dos problemas: por un lado, los nuevos criminales reemplazan a los encarcelados y, por otro, la misma cárcel se puede convertir en un espacio donde las personas se van hundiendo cada vez más en el pantano de la criminalidad.

            En el caso de Vladimiro Montesinos, hablamos de alguien que ha estado abusando de los beneficios penitenciarios: estar encerrado no ha evitado que deje de participar en los tipos de crímenes que llevaron a su condena. Todos hemos oído las conversaciones que sostenía desde la base naval, donde recomendaba sobornar funcionarios para cambiar los resultados de la elección. Ahora sabemos, además, que tenía acceso a un teléfono por dos horas al día. 

            No falta quienes consideran que el INPE está menos preparado que la Marina para encargarse de un reo como Montesinos, pero lo que ya ha trascendido es que los responsables de dicha institución ya habían solicitado que se retire a quienes estuvieran bajo su custodia en la base naval. Los próximos en ser trasladados serán los sentenciados por terrorismo, incluyendo a Abimael Guzmán y la cúpula senderista, lo cual nos proporciona una oportunidad para pensar cómo deben ser las condiciones de su prisión y cuál es la función que cumple su encarcelamiento.

            La pregunta es válida también cuando pensamos en la cárcel dorada de Alberto Fujimori, quien se encuentra en un centro de reclusión propio: ¿será algún día trasladado a una cárcel común?   

1 comentario

  1. Lucho Amaya

    Sí, sí… todos tenemos derecho a tratar el tema que queramos y según lo que consideremos prioritario o principal o necesario o… o simplemente por eso, porque queremos hacerlo… E igual los que comentamos…
    ¿Así que para usted solo fue «un ruido» el voto de confianza, el discurso de Bellido incluido?… Ajá.
    ¿Así que para usted lo de Montesinos y Fujimori está bien… mientras que lo de Guzmán y su cúpula senderista «nos proporciona una oportunidad para pensar cómo deben ser las condiciones de su prisión y cuál es la función que cumple su encarcelamiento» ?… Ajá.
    Saludos

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