El pueblo no es Pueblo, compañeros

Una hipótesis acerca de la contradicción de cierta izquierda sobre Cuba


Eduardo Dargent es politólogo, abogado y profesor del departamento de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Máster en filosofía política de la Universidad de York, Reino Unido. Doctor en Ciencia Política (Universidad de Texas en Austin). Sus temas de investigación son las políticas públicas, economía política, el Estado en América Latina y los partidos políticos. Ha publicado en diversas revistas especializadas como Comparative Politics, Journal of Democracy y Journal of Latin American Studies. Ha publicado Demócratas Precarios, Technocracy and Democracy: The Experts Running Government y El Páramo Reformista.


¿Por qué le cuesta tanto a parte de la izquierda latinoamericana calificar a Cuba como autoritaria? ¿Por qué esa izquierda no reconoce el derecho a la protesta del pueblo cubano ni denuncia el abuso de la represión estatal, pero sí lo hace cuando el gobierno que impide elecciones o reprime es de otro signo político? Varios han apuntado, con precisión, a razones históricas y simbólicas que apelan al papel de la revolución cubana en la región para entender esta contradicción. Por ello deseo centrarme, más bien, en una razón teórica más profunda que también puede ayudar a entender esta defensa del régimen cubano: para los grupos mencionados, un gobierno de izquierda conoce lo que realmente quiere y necesita el Pueblo –así con mayúscula–, y es poco relevante lo que diga ese pueblo con minúscula cuando protesta. Esta distinción abstracta entre Pueblo y pueblo ayuda a entender esta disonancia.

            La primera aplicación concreta del argumento del pueblo que no es Pueblo se da cuando los Bolcheviques disuelven la Asamblea Constituyente en 1917 porque solo recogieron el 23% de los escaños al ser arrasados por los socialistas revolucionarios (43%) gracias a los sectores rurales. El partido de Lenin llegó a la conclusión de que los procesos revolucionarios en favor del Pueblo eran muy importantes como para dejarlos en manos del pueblo, desconoció los resultados e impuso una estructura de poder basada en un partido único. ¿Qué motivó esa desconexión entre los votantes y sus “reales” intereses? El peso de los viejos poderes todavía vigentes, capaces de manipular a las masas, hacen que esa mal llamada “democracia” electoral sea apenas una democracia burguesa. Mientras los opositores continúen actuando, mientras impere la falsa conciencia y el lumpen proletariado sea mayoritario, las elecciones solo debilitarán la revolución. Lenin lo dejó claro en la Tercera Internacional Socialista de 1919 cuando respondió a las críticas de otros socialismos al autoritarismo bolchevique: la dictadura del proletariado es el camino correcto para construir una real democracia. 

            Ustedes ya conocen la historia. Lo temporal se volvió permanente. En los países donde triunfaban revoluciones comunistas se construyeron estructuras autoritarias de partido único que impiden el pluralismo, la discusión de ideas divergentes y que terminan empoderando a una nueva clase dirigente que maneja los recursos y gobierna protegiendo sus intereses. Todo en nombre del Pueblo. 

            La mayoría de las definiciones de democracia –Linz, Weyland, etc.– demandan que para que un régimen pueda ser calificado como democrático la voluntad popular debe ser recogida no solo en procesos justos donde esté garantizada la igualdad política, sino también que sean procesos empíricos y renovables. Esta voluntad tiene que manifestarse en forma práctica, de manera directa, y no vale imputarla con base en alguna forma abstracta, sea el interés real del Pueblo a lo Lenin o el espíritu de la comunidad nacional a lo Hitler. Además, debe consultarse cada cierto tiempo para poder evaluar a las autoridades. Así, se calificará como autoritario a todo régimen, sea de derecha o izquierda, que no cumpla esos requisitos. Y por eso Cuba es autoritaria, no hay mucha vuelta que darle.

            La crítica desde parte de la izquierda a una definición de este tipo regresa a Lenin y los límites de la igualdad política. Para hablar de democracia no sería suficiente garantizar un voto igualitario. No es posible hablar de una competencia justa en un mundo desigual, donde los poderosos todavía tienen los recursos materiales para imponerse. Este argumento, por supuesto, no debe ser minimizado. De hecho, creo que es la crítica más fuerte a las democracias desiguales como la nuestra. Por ejemplo, ¿cómo no reconocer esa disparidad en la competencia tras ver el papelón de nuestros medios de comunicación en la segunda vuelta donde nos recordaron que, a pesar de sus códigos internos y deberes constitucionales, fueron guardaespaldas de intereses económicos y de sus directorios? 

            Pero eso no avala la alternativa autoritaria de izquierda. La izquierda, más bien, tiene abundante evidencia en el último siglo para reconocer que sus propias estructuras y justificaciones pueden replicar todo lo que aborrece en los autoritarismos de derecha: paternalismo, antipluralismo e instituciones opresoras que impiden el desarrollo individual y colectivo. Represores, en varios casos, de nivel extremo y totalitario. Reconocer los límites de la igualdad política y la forma en que el dinero y el poder se cuelan en la democracia debe interpelar a todo demócrata. Pero no debería llevar a negar la relevancia de la participación política igualitaria para garantizar procesos más plurales, ni minimizar las garantías que brindan regímenes de este tipo para canalizar demandas, levantar la voz contra la represión o hacer rendir cuentas a gobernantes abusivos.  

            Esas izquierdas que defienden la protesta y demandan límites al Estado al ejercer su poder, se contradicen al no proteger esos mismos derechos en el caso cubano y justificar la represión con base en supuestas causas de la protesta. Si te muestran represión, detenciones y desapariciones y respondes que la real causa de la protesta es el bloqueo y la manipulación externa, entonces no eres un demócrata. Hipócrita, nomás.

14 comentarios

  1. Eduardo Adrianzen

    El mejor desglose que he leido ultimamente sobre como el lenguaje (en este caso, una palabra) CREA un mundo. Pueblo y pueblo. Para citarlo siempre (con el credito correspondiente) Felicitaciones

  2. Victor Macedo Barrera

    Gracias por publicar este esclarecedor artículo

    • ELÍAS VÁSQUEZ DÍAZ

      efectivamente, … quizás nos toca revisar permanente los típicos con los que hemos evaluado mirando la paja en el ojo ajeno, sin mirar nuestra pesada viga, … gracias por compartir sus ideas, sigamos en lo mismo que tanto bien nos hará a todos!!!

    • Mary Ann Ricketts

      Muy buen articulo! Felicitaciones

  3. Isabel Hurtado

    Es penoso comprobar el mismo chip mental en los jóvenes

  4. Hortensia Muñoz

    De acuerdo contigo Eduardo Dargent…..

  5. pilar cantella

    buenísimo; claro y preciso; sin mas vueltas y blablablabla
    ninguna palabrería innecesaria.

  6. Un artículo interesante, pero al centrarse en las izquierdas, debilita el elemento central del artículo, que pudo denominar tentaciones/tensiones del autoritarismo y el poder. Que, en Perú y América Latina está inspirado en el alma caudillista, el ropaje paternalista, populista y clerical o anti clerical de quienes tientan o asaltan el poder.
    El autoritarismo pareciera ser un gen que iguala a toda la gama de posiciones y prácticas políticas cuando se trata de acceder o permanecer en el poder, al ser el principal recurso que recurre la ultra derecha, pasando por el centro hasta las izquierdas para imponerse: sea nacista y facista, a lo fujimontesinista con un autogolpe y Constitución exprés, castrista sin libertad de expresión y enquistamiento en el poder, o corromperse por un «bien mayor» a lo Villarán. Mostrando otro ángulo central, una democracia inacabada que se inicia y estanca en su condición representativa menoscabada, al no construir vías hacia una deliberativa y realmente participativa, por comodidad de quienes están el poder de turno tanto del Estado como los partidos, grupúsculos político, las organizaciones sociales y las instituciones. Las elecciones no sólo son dudosas sino cuestionables si pone en riesgo los apetitos de una u otra tendencia y reelecciones son cuestionables en el ojo ajeno, aún cuando sea un tronco en el propio, para identificar su enraizamiento, basta ver alrededor de cada uno(a) esas prácticas en sus propias instituciones y organizaciones.
    Reconocer que Cuba tiene un gobierno autoritario desde las izquierdas es tan importante como reconocer desde las derechas, que la crisis económica intensificada que atraviesa hoy en contraste con todos los países del planeta, es tanto por el bloqueo económico estadounidense y que la protesta es posible porque hoy estamos en una era digital donde no existe control alguno que resista.

  7. Rodrigo del Aguila

    La izquierda peruana inventó el termino “criminalizar la protesta” pero no lo aplica para Cuba.

  8. Lucho Amaya

    ¡Cuánto me gustaría que siquiera uno, UNO, de mis amigos de izquierda, o simpatizantes de izquierda, o… en fin… que simplemente sientan o piensen que no son de derecha, no sé, opinen sobre este artículo suyo, de usted… Que opinen a favor o en contra, lo que sea, para conversar sobre el tema… No lo harán… Llevo ya los suficientes años en este medio para saber que me leerán. lo leerán, pero… si lo vi si, lo leí, no me acuerdo.
    Saludos

  9. Lucho Amaya

    ¡Cuánto me gustaría que este artículo suyo sea comentado por uno de mis agregados de izquierda o afines, o sin ser afines sienta que no es de derecha… No lo harán. tengo el suficiente tiempo en este medio para saberlo.., Lo leerán, me leerán y harán como si nunca lo hubieran leído (aun sin opinar yo nada en concreto)…
    No le digo (sabiendo que lo estoy) que estoy de acuerdo con usted ( que es de izquierda) porque el solo leer eso, le pondrán una cruz a su artículo, sabiendo o no sabiendo de usted.
    Saludos

  10. Octavio De Orellana

    Me gustaría aventurar una respuesta, partiendo o escribiendo desde el punto de vista de una izquierda, que es una izquierda latinoamericana a la que en el artículo se ignora, no sabemos si por afán de simplificar el análisis o por accidental descuido intelectual.

    Y es que, de la lectura, se puede deducir que habría solo dos izquierdas: la que estaría obligada a calificar a Cuba como autoritaria y a la par reconocer el derecho a la protesta del pueblo cubano, y la que no (que termina siendo hipócrita por no condenar en Cuba lo que condena en otros casos aparentemente similares). Me pregunto entonces dónde queda esa otra izquierda, desde mi punto de vista mayoritaria, que no está dispuesta, en base a unos considerandos que pasaré luego a explicar, a equiparar el modelo de gobierno cubano con los autoritarismos de derecha, pero que claramente reconoce la legitimidad de las protestas pacíficas; siempre como una muestra de la salud de todo entramado colectivo que forma parte en realidad de cualquier nación. Si no fuera por estas luchas, los derechos ganados por las mayorías y las minorías históricamente menospreciadas no se habrían nunca alcanzado. Y tengo que decir aquí (de pasada) que incluso, en estos últimos asuntos que algunos consideran colaterales (de reconocimiento antes que de justa redistribución), la isla ha marchado a la par que todas las demás experiencias gubernamentales que se quieran aquí citar, y podría decirse mucho mejor aún que el promedio. Ahora, volviendo al tema, que la protesta sea legítima no significa necesariamente que las causas últimas que dan origen al malestar sean conocidas a cabalidad por todos los que protestan. Si así fuera, estaríamos ya viviendo en un mundo ideal. Y no habría necesidad de tantos análisis y artículos que se escriben hoy al respecto. De esto se trata cuando en los ámbitos académicos o filosóficos se discute sobre las capacidades y las vías que tienen los gobiernos para comunicarse efectivamente con el pueblo.

    Tampoco es justo (otro error por simplificación que comete el artículo) dejar de notar que existen diferencias importantes en lo que respecta a las manifestaciones de desobediencia civil pacíficas frente a aquellas que violentan la propiedad pública (de esto podríamos discutir más a fondo quizá en otro momento, tomando como punto de partida lo escrito al respecto por Rawls y Habermas), y en los niveles reales (y no figurados) de la represión policial, porque a la vista de lo que se sabe y de lo que seguramente terminará por saberse (aunque no lo publiquen los medios informativos hegemónicos), es que, a diferencia de la represión a las protestas en Chile, Perú y Colombia de los últimos meses, no hay nada de lo visto en Cuba que se compare con los viles asesinatos ejecutados por la derecha ortodoxa colombiana, con los muertos por disparos al cuerpo de la protesta en el Perú o con los numerosos chilenos que perdieron la vista en uno o de ambos ojos (y no estoy hablando de personas que estuvieron relacionadas con actos vandálicos solamente, por si alguien cae en la tentación de justificar la violencia policial como lógica respuesta ante la protesta de carácter violento, porque tampoco). No es el “signo político” lo que marca la diferencia en el momento de analizar una u otra situación, es que, como explica con algo de ironía Zizek en alguno de sus escritos, existen diferencias reales que se pasan “accidentalmente” por alto. ¿O acaso se ha hecho público en la misma extensión que los videos de la protesta, ese otro video que muestra la presencia inmediata del presidente del gobierno, Miguel Díaz-Canel, en San Antonio de los baños, lugar donde comenzaron las manifestaciones del 11 de Julio, con el objetivo claro de escuchar a la gente, mostrar su preocupación y darles las explicaciones respectivas, o esos otros videos de saqueos de tiendas y violencia contra la propiedad pública y las unidades policiales? ¿Alguien tendrá el coraje de comparar, en algún artículo, el traje, las armas y la actitud de los policías cubanos en comparación con los colombianos o chilenos? Entonces, ¿a qué se debe ese error, que se acusa en los demás y nunca en propia puerta, de reducir todo a blanco o negro? Las diferencias cualitativas y cuantitativas que describo por supuesto que son importantes, y no tenerlas en cuenta, como se exige en escritos como este, no significa nada más que un llamado a perder objetividad, cosa con la que no estamos de acuerdo, desde esta izquierda, dispuestos a transar.

    Vayamos ahora a la parte central del artículo. Antes que nada, quisiera anotar que es muy interesante el planteamiento que acusa la diferencia abstracta entre Pueblo (con mayúscula, aquél para el cual el régimen de gobierno trabaja y se precia de conocer mejor que ellos mismos sus necesidades) y pueblo (con minúscula, aquel que está en contra del gobierno y sale entonces a protestar, y al que régimen no toma convenientemente en cuenta). Es altamente probable que esta figura calce muy bien con algunas realidades que, bajo el sello de la democracia representativa, gobiernan gran parte de nuestras latitudes, sobre todo aquellas que, una vez alcanzado el poder, se olvidan de las líneas principales del programa y de los ofrecimientos que hicieron durante la campaña, por los cuales fueron elegidos, y en donde el “Pueblo” sería la burguesía privilegiada de siempre (durante 200 años ya) y el “pueblo” los pequeños trabajadores, obreros y campesinos. No en vano se han hecho y se siguen haciendo análisis comparativos de lo verdaderos beneficios entre del modelo de democracia representativa (con demasiadas limitaciones) frente a otra de carácter participativo; no en vano se sigue estudiando la mejor manera de mantener una consulta continua con la ciudadanía. Pero me temo que el autor se equivoca si pretende aplicar esta conspicua definición (Pueblo/pueblo) con Cuba. Así se gasten demasiadas palabras para justificar un paralelismo conceptual con la Rusia bolchevique, como se si trataran ambas de coyunturas similares. La diferencia la podemos colegir con el sencillo ejercicio de ver lo que ha ocurrido en Cuba luego de las últimas manifestaciones: una numerosa y ferviente parte de la población ha salido también a las calles con el objetivo de defender la revolución, que no significa defender un triunfo militar que pocos recuerdan, o político, que poco les importa, sino sobre todo defender el triunfo de unas líneas rojas sobre las cuales no están dispuestos a negociar, como son los derechos a una educación universal gratuita y de calidad, a la vivienda, a la alimentación y a la salud (éxitos que han sido múltiples veces felicitados por la ONU, y que curiosamente todos las personas que, abogando por la honestidad intelectual, y por alguna desconocida razón, nunca nombran cuando hablan de Cuba. Para ellos Cuba es gobierno autoritario y nada más). No hay pues en la isla un Pueblo/Gobierno y un pueblo que se manifiesta protestando, lo que hay es un Pueblo que se manifiesta y otro pueblo que también lo hace (con todo el derecho que les da la ley cubana además), en resumen, un solo Pueblo que tiene diferencias en su visión de lo que quiere para su patria (como en todas las demás latitudes) y difieren también en el análisis de las verdaderas causas que están detrás de los problemas más acuciantes (*); cosa que tienen que resolver ellos mismos, sin la interferencia política extranjera, sin las presiones económicas del imperio del norte y sin importar los deseos míos o tuyos. A esto se conoce como el derecho de autodeterminación de los pueblos, reconocido universalmente y que, parece, se puede, según le convenga a uno u otro, relativizar.
    No quiero dejar de ahondar en un tema más. Las teorías no son instrumentos anquilosados. Tienen su utilidad en la medida en que nos ayudan a lograr un orden y justificar una serie de procedimientos, donde antes reinaba la anarquía o la incertidumbre. Si con las teorías científicas “exactas” llega un momento en que se hacen falsables, y se abre entonces un nuevo paradigma que tiene que ser demostrado (en parte o en su totalidad, eso está todavía en controversia) en la búsqueda de la verdad, imagínense entonces lo que acontece (o debería acontecer) con las teorías de carácter social. Es casi unánime entre los intelectuales de alcance global considerar la etapa actual del desarrollo humano como una etapa de transición, de cambio paradigmático, a la que se le da diferentes nombres (me gusta particularmente el “interregno” de Zygmunt Bauman, donde lo viejo ya no nos sirve como tal, y lo nuevo está aún por aparecer). Considero pues que, en este momento de re-definiciones, apelar a las teorías existentes tiene por lo menos que llamarnos a la sospecha ante el riesgo conceptual y práctico que cualquier teoría puede hoy albergar. Seguir llamando democracia al modelo que garantiza, por sobre cualquier otra expectativa, elecciones justas y renovables, dejando relegadas otras preocupaciones como la consecución de la justicia, la libertad y la igualdad, que ofrezca a la población la capacidad del goce real de sus derechos básicos (porque, como bien dice el diputado argentino Leandro Santoro, una cosa es tener un derecho ganado y otra materializarlo, o tener el tiempo para gozar de él en una sociedad occidental que te obliga a trabajar 12h diarias), esto es lo que sería una real “disonancia”. Y no es este un problema que tiene que hacer solo con la democracia, no se quiera pensar que se está haciendo aquí toda esta explicación con un solo fin (justificando lo que les parece injustificable), porque yendo del otro lado, también es obvia la necesidad de replantear conceptos como el liberalismo, a la luz de su (no tan reciente) alejamiento de lo que se conocen como los valores democráticos, y su acercamiento a posiciones cada vez más radicales, que lindan con el fascismo. Que a nadie llame la atención lo que pasa con Mario Vargas Llosa y cia., ni se trate de justificarlo por algún desconocimiento de la realidad (esto sería inaudito), o decir que no hay una explicación para su comportamiento durante estas elecciones. Cuando todo fácilmente se explica si llamamos, claro, a las cosas por su nombre, que es el producto de una redefinición pendiente. No es una abstracción plantear pues fórmulas alternas, es una necesidad histórica, yo diría: fundamental.

    Creo haberme extendido demasiado, teniendo en cuenta que todo lo que he dicho hasta ahora es todavía superficial y que se podría ahondar aún más en cada uno de los puntos tratados. Y, por ahondar, me refiero evidentemente a colmar esta respuesta de ejemplos de la vida real, con el fin de darle, a toda esta perorata, sustancia. Pero no es este el mayor objetivo por ahora. Me llama la atención cómo Eduardo Dargent parece quedarse tranquilo con la extensión de su artículo, en el que pretende “ayudar a entender” la posición de la izquierda con respecto a Cuba, con algunos plumazos. No lo juzgo, pienso además que en muchoa otros puntos de vista seguro que coincidimos. Debo decir sin embargo que es sabido que el academicismo, esa firme estructura sobre la que se ha sostenido el desarrollo del pensamiento occidental hasta nuestros días, es a la vez una gruesa tapia para el surgimiento de la duda y, a partir de ella, de la creación o la imaginación. Esperemos que no sea el caso con sus alumnos. Porque este es el trabajo hoy indispensable. Alentar el pensamiento crítico, romper los moldes conceptuales que no nos ayudan ya a construir un mundo más justo y mejor, deconstruir, enseñar y aprender a pensar no según lo que resulta más conveniente a la elite que está detrás de todas las democracias occidentales (no callar por ejemplo cómo los altos mandos de la Unión Europea determinan qué tanta soberanía económica y finalmente política pueden tener sus miembros, sin haberlos a ellos nadie escogido por algún sistema de votación, y seguir pensando a Europa como un ejemplo ideal de democracia), o a no olvidar la mayor o menor importancia que se le da a la intersubjetividad en los diferentes modelos económicos (y querer que los modelos que convierten todas las expresiones humanas, incluidas las artes, en mercancías, y que está acabando con la salud medioambiental, se repliquen en todo el orbe).

    Aquí lo dejo. Entiendo que el pensamiento preponderante saldrá pronto con la pierna levantada hasta mi yugular. O quizás mejor me ignore. Para ambas situaciones estoy preparado, siempre que encuentre tiempo, que robo a los que quiero, para decir algunas cosas más.

    (*) Nótese que he evitado nombrar la palabra bloqueo (o cualquier referencia a las sanciones que impulsó Trump contra Cuba durante su gobierno), a pesar que considero que es una palabra que no debe estar nunca ausente cuando se discute o piensa sobre Cuba; solamente para no darles pie a que se me acuse, como a toda la izquierda, de echarle siempre la culpa, de todos los males de la isla, al inhumano y arbitrario embargo comercial, que multiplica exponencialmente la severidad de cualquier déficit o alguna mala decisión del gobierno cubano (como lo tiene cualquiera), y que aunado a los problemas que ha desnudado en todo el orbe la pandemia, hacen justas las protestas de la población. Lo que habría que hacer, en todo caso, es un análisis de las causas últimas de cada problema en particular, y sobre esas buscar la mejor solución, no anulando o borrando todas las conquistas de la revolución cubana, sino creando a partir de ella.

  11. Marco Bassino

    Gracias, Eduardo. Me gusto mucho tu artículo. Interesante que en Chile haya ganado la candidatura de la izquierda el candidato que llama dictadura al régimen político de Cuba, dejando en segundo lugar al candidato que de defiende al Pueblo.

  12. César Augusto Polo Robilliard

    Excelente artículo muy claro y real. Comparto plenamente su pinto de vista.

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