Dos largos años


Con las disculpas debidas a la emoción 


A fines de noviembre del 2019 dejé Lima después de una visita corta. Había ido al Perú a participar en el cabildo bicentenario en Tacna y a grabar un pequeño documental sobre varios de los proyectos que tenía en marcha. Ese año había viajado repetidamente al Perú, con dolor, para despedir a uno de mis mejores amigos, que murió de un cáncer fulminante. 

Cuando subí al avión en Jorge Chávez aquella vez pensé que mi retorno se daría en cuestión de unos meses. Planeaba estar de vuelta para Semana Santa y estaba convencida de que el 2020 y el 2021 serían propicios para estas idas y venidas debido a las celebraciones del Bicentenario patrio.

Qué equivocada estaba. En noviembre de 2019 nada hacía presagiar que un virus que comenzaría su periplo en un mercado en la provincia de Wuhan en China pondría todas nuestras vidas de cabeza. Entre enero y febrero de 2020 viajé, como de costumbre, por toda Europa; llegué incluso a hacer un alocado trayecto por tierra de Múnich a Londres, que incluyó buses, trenes, taxis y colectivos para sortear una tormenta que había detenido los vuelos y retornar a tiempo a dar clases. Tiempos inocentes, aquellos. En marzo de 2020, cuando me tocó un viaje urgente para firmar unos papeles en Bruselas y faltaban solo dos semanas para el tan esperado regreso a Lima, el mundo se paralizó. Yo caí con Covid a mediados de ese mes, cuando todavía se hablaba del virus a media voz y quienes lo contraíamos éramos casi unos apestados.

El mundo se detuvo, yo pasé diez días de fiebre y tres meses sin poder respirar bien, pero para junio ya estaba recuperada. En esos meses, las posibilidades de viajar se hacían cada vez menos posibles. Imposibles, incluso. Cuando las cosas se ponían mejor en este hemisferio, se ponían mil veces peor por allá, y cuando acá la segunda ola tuvo proporciones apocalípticas, las cosas parecían mejorar en el Perú, que tanto había sufrido.

Con el 2021 llegaron las vacunas y la carrera para obtenerlas se volvió una obsesión. Parecía que finalmente podríamos volver a algún tipo de normalidad gracias a Pfizer, AstraZeneca y Sinopharm. Los primeros meses de su distribución celebrábamos que nuestros padres podían finalmente estar a salvo y contábamos los días para que nos toque por fin a nosotros. Por primera vez era atractiva la idea de aumentarse la edad, solo para estar en el grupo de vacunables.

Finalmente llegaron las vacunas, pero aun así me era imposible pensar en viajar al Perú desde el Reino Unido. Debido a la amenaza de las variantes, se decidió aquí hacer un listado muy largo de países que se consideraron en una zona roja: si uno los visitaba, tenía que hacer una cuarentena de quince días en un hotel del aeropuerto, a un costo desorbitante. El Perú estuvo en esa lista hasta noviembre de este año.

Tuve la suerte de ver a mis padres en Estados Unidos, incluso en julio viajé con mis hijos a Los Ángeles a la boda de un sobrino y, a pesar de que las cosas no habían vuelto a la normalidad e ir a Lima todavía no me era posible, pude respirar un poco de brisa del Océano Pacífico y sentir un cierto nivel de normalidad.

Durante la pandemia he estado presente en docenas de eventos virtuales, he viajado gracias a Zoom por todo el Perú y he celebrado el Bicentenario asistiendo a miles de rincones a los que nunca me hubiera imaginado llegar. Y estoy muy agradecida por ello. Durante la pandemia comenzamos Jugo de Caigua y hemos creado un equipo compenetrado; sobre todo, gracias a nuestras reuniones editoriales que han servido cada semana como un ancla emotiva en estos meses de distancia dolorosa.

Hemos pasado una crisis política intensa, unas elecciones agotadoras,  y la virtualidad me ha permitido sentirme conectada al Perú a pesar de la terrible distancia y la imposibilidad de viajar. Hoy, finalmente, puedo empezar a empacar mis maletas y la emoción me embarga. Han sido unos interminables veinticuatro meses, pero, finalmente, el lunes estaré subiendo a un avión rumbo a Lima.

No sé bien qué encontraré. El corazón se me estruja al pensar en todos aquellos que ya no están con nosotros. Siento también pena por quienes han decidido que ya no quieren tener contacto alguno conmigo por discrepancias políticas. Pero la alegría de volver a ver a los míos, de abrazar a la familia y a los amigos —a quienes he extrañado tanto— es indescriptible.Sin duda, una de las primeras cosas que haré es ir a mirar el mar y respirar hondo. Pocas cosas me han hecho más falta que el Océano Pacífico. Pronto lo veré, su olor me golpeará, y aspiraré bien honda la certeza de que después de dos largos años en que mucho ha cambiado habré llegado, finalmente, de vuelta a casa.

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