Construir un centro


Algunos apuntes para que el país no sucumba ante la cleptocracia 


Aunque los dilemas que nos presentan las brutalidades y/o achoramientos relativos de izquierda y derecha son relevantes para la paz social en el plazo inmediato, la confianza otorgada al gabinete –por el mismo Congreso que pretende la vacancia– es seña de que tales disfuerzos son una pobre máscara para la componenda. Las conductas delictivas desde el poder son cada vez más flagrantes y es urgente combatirlas, pero no se ve mucha reflexión de mediano plazo (ya no hablemos del largo, que en Perú es terreno de la literatura fantástica).

Tanto si nos dirigimos a varios años más de degradación como a si nos sale la rifa de unas nuevas elecciones generales dentro de poco, lo que podamos hacer los ciudadanos de aquí a dos años de plazo es relevante. Lo es porque, de no generar una corriente de acción política duradera en contra de la cleptocracia, nuestros próximos mandos políticos –y los siguientes– serán peores que los que ahora tenemos. Luchar contra el crimen organizado –y esto léase como casi un sinónimo de “el sistema de partidos”– debería ser el piso básico de cualquier plataforma o iniciativa de acción ciudadana. Ese esfuerzo de primer piso debe hacerse público, difundirse y compartirse. 

Pero aunque una definitiva mayoría de peruanos comparta esa opinión, se les ha hecho creer que están divididos en dos bandos irreconciliables. También cercado por la inmediatez, el ciudadano común sólo sabe que estas tiendas se llaman a sí mismas “derecha” e “izquierda”. No termina de darse cuenta de que estos son membretes largamente caducos y políticamente irrelevantes en el Perú, salvo como arma arrojadiza. Es verdad que entre wifalas y cruces de Borgoña estas camorras enmascaradas parecen acoger ideas extremas, pero es más cierto que esencialmente comparten una sola: la idea única de que mis intereses privados (o los de mi grupo, corporación o panaca) no tienen por qué ceñirse a regulación alguna; que, bajo la propaganda suficiente, estas ambiciones privadas pueden disfrazarse y ofrecerse como de interés público

El politólogo Eli Pariser definió hace una década las “burbujas” de información en las que vivimos y su discusión en la web ha favorecido la aparición de un nuevo campo de estudio, la Computational Social Science. Según este nuevo saber, cada uno de nosotros vive en un mundo de información diferenciado, hecho a medida de nuestros intereses individuales. Universos  literalmente privados… de objetividad. 

De esta manera, no solo son las circunstancias, las alianzas o las personalidades de los actores políticos las que generan polarización entre los electores. Sin duda la anomia, ese yermo baldío de reglas que describió Durkheim, genera ansiedad, nos desespera de autoridad y nos hace extrañar el orden. En un escenario de anomia, la polarización cataliza dos extremos, ambos de tenor autoritario. Pero, más gravemente ahora, la diversificación de la oferta noticiosa en multitud de canales –y especialmente los algoritmos de las redes sociales– ofrecen información de nicho y se van ajustando a cada tipo de votante: Willax genera su propia teleaudiencia, que a su vez da forma a nuevos Willax más radicales. 

Esto explica que durante la transición, el presidente Sagasti fuera a la vez un “traidor” desde la izquierda y un “terruco” desde la derecha, y que ninguno de los dos lados esté dispuesto a “marchar con caviares”. Los acontecimientos “políticos” nacionales dejan en claro que el enemigo de un extremismo no es el otro extremismo. Es el centro. 

Los destructores del país –estos extremistas, asociados en sus intereses no políticos, sino delictivos– ya están aprovechando el río revuelto, y su plan y tarea es revolverlo aún más. Aprovechan, por ejemplo, la paradoja de que la información acerca de la corrupción reduce la confianza ciudadana en las instituciones políticas, mientras que esa misma información es imprescindible para combatir la corrupción.

Frente a todo esto es nuestra responsabilidad personal ciudadana tratar de informarnos mejor, y navegar a través de esta tormenta de bullshit. Pero en un escenario en que el país se va al carajo a causa de la incapacidad de encontrar terrenos en común, también es vital facilitarle la vida informativa al otro, y tratar de descubrir y establecer en común procesos colectivos de inmunización a esa bosta. Esto no es imposible. 

Por ejemplo, Fernbach, Rogers, Fox & Sloman (2013) hallaron que la polarización política proviene, en parte, de que la gente cree entender los mecanismos causales que intervienen en la política pública, y así pedir a un público que “discute” membretes políticos semivacíos que explique con detalle las iniciativas de política de su gusto a la vez disminuye su certeza en las mismas y modera sus posiciones. Para construir un centro, creo que sería provechoso combinar esto con lo que se conoce como la regla de Chatham House: comprometerse a airear los pormenores de un debate (por ejemplo, ante la prensa) sin mencionar quién dijo qué cosa. Nuestras ganas de denunciar e implicar con nombre propio a nuestos adversarios pueden estar haciendo más daño que bien. La tarea concreta, me temo, debe tomar distancia de explicar el pasado. Se trata de pensar qué futuros son posibles, evitar los perjudiciales y favorecer los preferibles. No podemos seguir manejando el armatoste nacional con el ojo puesto en el espejo retrovisor.

En el Perú, escribir libros, papers o artículos como este es una forma de asegurarse de que las ideas queden semiocultas. Con los escritos apenas si se afecta a otra cosa que a la mera cúspide de las personas interesadas en leer. Pero creo imprescindible compartir con esa poca gente –con ustedes– un cuento diferente al que tanto los siglos políticos de antaño como los extremos criminales del presente nos han mal acostumbrado a manejar. Y hacerlo una y otra vez. 

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