¿Ciencia, la de antes?


Un estudio reciente cuestiona la disrupción actual de la ciencia


¿Qué puede decir un artículo científico para haber sido revisado más de 230 mil veces en menos de un mes? Que la ciencia ya no es tan disruptiva como antes. Estas métricas asombrosas corresponden al artículo, Papers and patents are becoming less disruptive over time, que, a diferencia de los artículos y patentes que estudia, sí ha presentado una conclusión disruptiva que ha dado mucho que hablar en las comunidades científicas. 

Para entender cómo los investigadores liderados por Michael Park llegaron a esta conclusión hay que revisar la metodología del artículo. El grupo de investigadores analizó 45 millones de artículos científicos publicados entre 1945 y 2010, además de 3.9 millones de patentes estadounidenses entre 1976 y 2010. Luego de contrastar este gran número de insumos, los investigadores determinaron que un artículo (o una patente) era considerado disruptivo con base en las citas que recibía en los cinco primeros años tras publicarse. El motivo es que los artículos reciben el mayor movimiento en ese periodo. Para los investigadores, un artículo era más disruptivo cuando era citado por otros artículos que no incluían la literatura anterior. Es decir, cuando el artículo creaba una especie de borrón y cuenta nueva, que hacía que otros científicos citaran solo a este artículo y no a los anteriores. De la forma contraria, un artículo era considerado menos disruptivo cuando era citado en conjunto con otros autores, ya que se consideraba que eran citados como parte de un grupo de conocimiento. 

Uno de los ejemplos que los investigadores incluyen como parte de la disrupción es la publicación de Watson y Crick de 1953, donde se describe la doble hélice de la molécula de ADN. El artículo de Watson y Crick indicaba que “tiene aportes novedosos de considerable interés biológico”, el cual corresponde con las 8.502 citas que ha recibido luego. Este no solo es un artículo disruptivo, sino que, en su momento, fue parte de una carrera internacional por describir la molécula del ADN, una que Watson y Crick ganaron robándole los resultados de investigación a Rosalind Franklin, y que dejó fuera a otras propuestas de moléculas de ADN, como la de Linus Pauling. Entonces, como el artículo de Watson y Crick es el que explica por primera vez la molécula de ADN, en la mayoría de los casos, los investigadores que incluyen el ADN no tienen necesidad de citar a aquellos modelos truncos, como el de Pauling, ya que solo citan el modelo certero de Watson y Crick. 

Para los investigadores, sin embargo, las citas que reciben los artículos no son la única forma de medir una ciencia que es cada vez menos disruptiva. También analizaron el lenguaje utilizado en los títulos, resúmenes y texto de estos artículos y patentes. Por ejemplo, los artículos más disruptivos tienden a usar palabras y conceptos nuevos que son usados para describir el nuevo conocimiento. Es así que incluyen verbos relacionados a la creación, como producción, crear, hacer, determinar, medir; mientras que los artículos de las últimas décadas relacionados a una menor disrupción del conocimiento usan verbos relacionados a la expansión del mismo, como incrementar, aumentar, aplicar, asociar, relacionar, etc. 

Como era de esperarse, la popularidad del artículo de Park y compañía también ha sido acompañada por diversas interpretaciones, algunas incluso contrarias a las que el artículo menciona. Rápidamente, algunos han optado por concluir que “ya no hay nada por descubrir”, y que las frutas más maduras de la ciencia ya han sido recogidas. No obstante, el propio artículo describe que esto no es cierto. Los investigadores argumentan que, aunque la disrupción de la ciencia ha decaído en las décadas que ellos estudian, siempre se ha mantenido un grupo de artículos altamente disruptivos. Es decir, hay un pequeño porcentaje de descubrimientos que cambian las hipótesis de diferentes disciplinas a pesar de que estas mismas tengan tendencias conservadoras. Según muestran sus resultados, la gran mayoría de artículos y patentes están enfocadas en extender el conocimiento que ya se tiene, mientras que se mantiene un pequeño grupo que abre nuevas posibilidades. Como lo indican los investigadores, son estos pequeños cúmulos de disrupción donde ocurren avances científicos como la descripción de las ondas gravitacionales o la creación de las vacunas del coronavirus. 

Quienes comentan el artículo en redes se apresuran a ensayar algunas razones del descenso en la disrupción científica. Científicos y aficionados mencionan la falta de apoyo económico que reciben las ciencias, lo que hace que solo se financie lo que se sabe que tendrá un retorno económico y académico, es decir, investigaciones que se sabe que podrán publicarse o patentarse, en lugar de optar por investigaciones que no den ningún resultado. También indican la falta de libertad académica que hace que los investigadores dependan de financiamientos externos y que dediquen la mayor parte de su tiempo a publicaciones, enseñanza, comisiones dentro de sus universidades y otras tareas que llenan las agendas de quienes necesitan pensar libremente. A pesar de todas estas posibles respuestas, los investigadores del artículo no dan ningún explicación a por qué la ciencia es menos disruptiva. Incluyen estas posibles opiniones y la posibilidad de que sea el propio crecimiento científico el que haya llevado a esta situación en la que es imposible para los científicos leer todos los artículos publicados, o la frecuencia con la que los científicos se especializan solo en una parte de una disciplina, en lugar de abarcar mayor conocimiento. 

Finalmente, la popularidad de este artículo tiene una trascendencia en el mundo real, especialmente para países como el Perú, donde el financiamiento para la investigación es limitado. Artículos como este nos plantean una pregunta que aún la ciencia no nos responde y que debemos hacernos todos quienes estamos en el negocio del conocimiento: ¿qué deben hacer nuestros pocos científicos con nuestros pocos fondos? Las opciones están entre abogar por una ciencia disruptiva que sea difícil de alcanzar, o decantarnos por seguir haciendo crecer el conocimiento que otros crean. Una respuesta difícil, especialmente cuando la precariedad de nuestra ciencia nos limita en ambas posiciones. 


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