Balas y bytes


Cuando la guerra también se da en las pantallas 


En cada momento de nuestra vida hay una persona transmitiendo en vivo por redes sociales. Si necesitamos una compañera para estudiar, si queremos ver a alguien jugar videojuegos, si queremos informarnos de lo que pasa en el mundo: para todos estos momentos hay una persona transmitiendo en vivo por las redes sociales. Esto es válido también para esos momentos que no nos gustaría estar viendo, como la invasión rusa a Ucrania. 

Ver las noticias con los corresponsales de guerra buscando refugio ya no es suficiente para una sociedad que iguala el valor de las fuentes contrastadas con el “pov”, point of view o punto de vista en español. El punto de vista de alguien que está en la zona de conflicto, sea en el lado de Ucrania o el de Rusia, nos parece más certero y más real que la transmisión de los medios a los cuales les hemos perdido confianza, pues tendemos a pensar —y con razón— que siempre hay una agenda detrás. También desconfiamos de los medios independientes, porque ahora una web profesional la hace cualquiera.  La realidad es que nos falta contexto para valorar de dónde viene nuestra información. 

Nuestro deseo por estar ahí, pero sin estarlo, es bien entendido por quienes crean contenido en redes sociales, tanto independientes como de los canales oficiales. Este 2022 la guerra no se da solo en el campo de batalla, sino también en el campo de las pantallas. 

En una coyuntura en que la mayoría de nosotros no puede ubicar a Ucrania en el mapa sin hacer trampa, necesitamos de fuentes confiables, o por lo menos dispuestas a explicarnos qué es lo que está pasando. Existen las bien intencionadas que rápidamente se vuelcan a explicar mediante publicaciones de Instagram, columnas de opinión, reportajes, etc. Pero también hay otros creadores de contenido que ven el conflicto como una oportunidad para ganar seguidores. En la última semana estas cuentas se han multiplicado. Usualmente los perfiles se llaman ukraineliveukraineconflict y usan hashtags como #ukraine #kyiv #russia, o cualquier indicativo que nos ayude a encontrarlos de manera rápida, a diferencia de medios de comunicación que no cambian su nombre según el tema que estén tratando en el momento.

The Guardian se ha referido a este conflicto como la primera guerra de TikTok, y diversos periodistas, como Abbie Richards y Taylor Lorenzs, que cubren redes sociales y desinformación, indican que TikTok se está convirtiendo en la principal plataforma para desinformación sobre la invasión rusa. En los últimos días, en esta plataforma se han multiplicado los videos de conflictos de años anteriores como si fueran actuales, transmisiones en vivo que afirman estar en el lugar del conflicto cuando realmente están en Rusia o en otros países europeos, e incluso transmisiones en vivo que aseguran estar cubriendo los ataques pero que son realmente simulaciones militares. Como lo indican los periodistas, los usuarios que crean la ilusión de estar transmitiendo el conflicto en vivo no tienen el interés de compartir información certera o educar a su audiencia. Conocen que el algoritmo favorece ciertos temas, y que presentar atención a las publicaciones de una cuenta por un tiempo determinado hará que esta sea mostrada más seguido en las páginas de inicio. Estos usuarios luego pueden vender sus cuentas con miles de seguidores a marcas, cuentas de memes, etc. 

Pero no toda la desinformación proviene de usuarios ambiciosos de las redes sociales. Parte de la información falsa o confusa también viene de fuentes oficiales de Ucrania y de Rusia. Por parte de Ucrania, cuentas como la del ministerio de Defensa han compartido videos de simulaciones militares como si fueran reales, según la BBC. Por su parte, la estrategia de desinformación del gobierno ruso está bien documentada, con propaganda proKremlin extendida en todas las redes sociales y no solo Tik Tok. Como mencioné en una columna anterior, la falta de control sobre información en Telegram hace que esta plataforma sea una de las más usadas por desinformadores rusos, donde la información certera se mezcla con información falsa, como indicar el avance en ciertas ciudades ucranianas o indicar que el presidente Zelenski había abandonado el país, algo que el presidente refutó, como no podía ser de otra manera, por redes sociales, en un video que se distribuyó rápidamente por diferentes plataformas y con subtítulos en diversos idiomas. 

Para redes sociales más tradicionales,  como Facebook, YouTube y Twitter, el control de la desinformación sobre la crisis en Ucrania es un reto. Todos hemos experimentado cómo estas redes fueron y siguen siendo un coladero para desinformación sobre el coronavirus y campañas políticas. Con los ojos reguladores de diversos gobiernos puestos sobre ellas, estas plataformas dicen estar actuando con presteza, aunque sus esfuerzos siempre serán cuestionados, puesto que para ellas la desinformación también tiene un retorno económico, ya sea mediante publicidad invertida en diseminar información falsa, o mediante el interés cautivo de miles de usuarios que se conectan a ver transmisiones de la guerra en vivo, aunque las imágenes sean falsas. 

Por el momento, Google —que es el dueño de YouTube— ha restringido el alcance del canal del gobierno ruso RT y determinó que otros canales rusos ya no puedan recibir dinero por publicidad en sus webs, ni por las vistas de sus videos. Meta, la compañía dueña de Facebook, ha creado una unidad de expertos para verificar la información sobre el conflicto en Ucrania y la protección de hackeosen las cuentas de usuarios ucranianos, pero que levantó la restricción del grupo ucraniano de extrema derecha Azov Battalion, que anteriormente había sido restringido por promover contenido neonazi. Según documentos publicados en The Intercept, Facebook permitirá información de este grupo cuando únicamente esté relacionada con la defensa de Ucrania y con su participación como parte de la Guardia Nacional, mas no permitirá que el grupo pueda reclutar por redes sociales y restringirá símbolos relacionados a discursos de odio. 

Las redes sociales tienen sus limitaciones para identificar y frenar información falsa, pero también las tenemos nosotros. En una situación en la que la información es un arma de guerra, es normal que nos cuestionemos la veracidad de los medios que consumimos. Reconocer nuestras limitaciones para verificar la información es el primer paso para dejar de compartir información falsa o que no podemos confirmar con certeza. Y también nos debería llevar a preguntarnos si la promesa de las redes sociales de conectar al mundo debió ser cuestionada por su capacidad de ser maquinarias para la desinformación, ya sea de coronavirus o de conflictos, recordatorio de que nuestra sensación de paz depende de qué conflictos aparecen en nuestras pantallas. 

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